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martes, 21 de julio de 2009

Luna y Fantasmas ( Dos), Rodrigo Fresán desde Barcelona para Página 12

DOS

Falta menos para que alguien vea la cara de Michael Jackson en algún cráter de la Luna.

De ser así, por favor, que lo filmen y –no como, parece, ocurrió con las cintas de la trascendental primera caminata lunar– no borren los archivos.

Subirlos y enredarlos en la red.

Para siempre.

Alojarlos en esa zona fantasma, en esa caja embrujada sin fondo.

Allí están todos, allí vamos todos a parar: el cementerio invisible que nos inmortaliza y nos obliga a seguir moviéndonos por toda la eternidad, vigilados desde una Luna virtual y falsa como aquella en la que moraba el creador de El show de Truman.

Cuesta pensar en tiempos donde nada se preservaba y todo se perdía y –si uno tenía la suerte de haberse cruzado con un pintor de renombre– sólo quedaba la posibilidad de volver desde el otro lado como espíritu en las paredes de un museo.

Ahora no, ahora uno vive para siempre y hasta muere eternamente como ese pobre chico ensartado por un toro en los últimos sanfermines o ese bebé de una mujer marroquí muerta en España por la gripe A (bebé fallecido a los pocos días debido a un escalofriante error médico) o esa mujer atropellada al paso del Tour de Francia o ese fantasma del hombre más viejo del mundo súbitamente y por unos segundos convertido en el fantasma más nuevo del mundo:

Alguien que luchó en los cráteres de algo que todavía no era la Primera Guerra Mundial, sino la Gran Guerra, porque se suponía que ya no habría más guerras después de ella.

Está todo ahí, flotando como basura espacial alrededor de la Luna.

Espectros...

Y la ministra de Sanidad española ya ha anunciado la fabricación en serie de 8000 nuevos fantasmas –cuando comiencen a bajar las temperaturas y subir las fiebres– este próximo invierno, cortesía de la gripe A.

Preparen los pañuelos cada vez más grandes y, también, las camaritas cada vez más pequeñas porque ¿habrá algo más cool que colgar la intimidad definitiva de la propia muerte en Facebook para compartirla con esos conocidos a los que uno jamás conocerá?

Ahí, con todos esos fantasmas de los cables a los que tanto se invoca en los ratos libres en los que no estás jugando a Ghostbusters: The Videogame.

El joystick como tablero ouija de una tercera película que nunca llegó a ser y que ahora regresa, como ectoplasma, como videojuego.

Nada se pierde, todo se transforma.

Y se descarga y conecta y se enciende.

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