Conmoción por el suicidio asistido de una pareja
Un célebre director de orquesta viajó con su mujer a Suiza para morir
LONDRES.
Uno de los más respetados directores de orquesta del Reino Unido, sir Edward Thomas Downes, y su esposa, Joan, se suicidaron en un centro de eutanasia de Suiza, según informaron ayer sus hijos. Sus muertes conmovieron a Europa y reabrieron el debate acerca del suicidio asistido.
Downes, de 85 años, y su esposa Joan, de 74, "murieron en paz y en las circunstancias que ellos mismos eligieron, con la ayuda de la asociación Dignitas, en Zurich", informaron sus dos hijos, Caractacus y Boudicca, que acompañaron a sus padres en sus últimos momentos.
A Joan le habían diagnosticado cáncer terminal en septiembre del año pasado; su marido estaba casi ciego y en el último tiempo había experimentado una grave pérdida de la audición.
"Decidieron terminar con sus vidas antes que seguir lidiando con graves problemas de salud", dijeron sus hijos.
Caractacus Downes contó que sus padres tomaron la decisión final de viajar a la clínica de suicidio asistido Dignitas el viernes pasado, cuando comprendieron que cada vez iba a ser más dificultoso para Joan realizar el viaje hasta ese centro suizo.
"Querían morir juntos", dijo.
Además, comentó que la opción del suicidio asistido concordaba con la filosofía de vida de sus padres, que estuvieron casados durante 54 años, y que, aunque en un primer momento fue difícil de aceptarla, la familia no tuvo problemas en apoyarlos.
El director, que tenía el título de caballero del Imperio Británico, inició su carrera profesional en la Orquesta Filarmónica de la BBC (donde estuvo 40 años), fue miembro de la Royal Opera y condujo la primera interpretación de la Casa de la Opera de Sydney.
Su esposa, Joan, fue bailarina, coreógrafa, productora de televisión y durante los últimos años de su vida se había convertido en la asistente personal de su marido.
Downes "sentía que su cuerpo lo estaba abandonando.
Su cerebro estaba extremadamente activo y se sentía frustrado por no poder hacer todo lo que creía que podía y su cuerpo no lo dejaba", explicó su hijo.
"Vidas al máximo"
Caractacus añadió que la decisión de sus padres de concurrir al centro Dignitas fue mantenida en secreto por el núcleo familiar hasta que se completaron los requerimientos. Sólo después fue compartida con un puñado de amigos y familiares.
Agregó que sus padres murieron juntos, en calma, después de haber bebido "un pequeño vaso de un líquido claro; luego se acostaron en la cama y unos pocos minutos después ya estaban dormidos".
"Ambos vivieron sus vidas al máximo y se consideraban extremadamente afortunados de haber vivido vidas tan gratificantes, en lo personal y en lo profesional. Nuestros padres no tenían creencias religiosas y no habrá funeral", expresaron sus hijos.
El manager de Downes, Jonathan Groves, dijo sentirse conmovido por la noticia, pero opinó que la pareja había tomado una decisión "valiente".
Los suicidios de sir Edward Downes y su esposa son los más recientes de una serie de casos prominentes que han suscitado llamados para hacer un cambio legal en Gran Bretaña, donde son ilegales el suicidio asistido y la eutanasia.
Los únicos países que permiten este tipo de prácticas son Suiza, Holanda, Bélgica y el estado de Oregon, en Estados Unidos.
En Gran Bretaña, por colaborar en un suicidio se puede recibir una pena de 14 años de cárcel.
A pesar de las leyes, en los últimos años las cortes británicas se han negado a condenar a personas que ayudan a otras a viajar al extranjero para poner fin a sus vidas.
A principios de este año, por ejemplo, la policía no investigó las muertes de Peter y Penelope Duff, ambos enfermos terminales, que se convirtieron en la primera pareja británica que fueron ayudados a morir juntos en Suiza.
A pesar de que más de un centenar de británicos viajaron a la clínica Dignitas para suicidios asistidos, la Cámara de los Lores rechazó hace una semana un proyecto de ley destinado a proteger a los británicos que ayuden a un allegado en fase terminal a suicidarse en el extranjero en un centro especializado.
El primer ministro británico, Gordon Brown, también está en contra de cambiar esa ley.
Por este motivo, un vocero de la policía metropolitana de Londres dijo que, al tomar conocimiento de los decesos, se abrió una investigación. "Continuaremos investigando las circunstancias de las muertes. Todavía no hay detalles", apuntó.
Agencias AP y AFP
Downes dirigió en el Teatro Colón
Sir Edward Downes, el director de orquesta británico que puso fin a su vida por medio de un suicidio asistido, estuvo en Buenos Aires y dirigió Don Giovanni en el Teatro Colón. Lo hizo durante la temporada de 1978 y con un elenco integrado por el tenor John Brecknock, entre otras figuras.
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sábado, 18 de julio de 2009
Mario Riesco,el histórico dueño del Bar de los Banderines
Mario Riesco, el dueño del histórico bar de los banderines
Entre tangos y fútbol, el hombre al mando de uno de los lugares notables de Buenos Aires conserva intactas las costumbres de los años 30
Por Maia Jastreblansky
De la Redacción de lanacion.com mjastreblansky@lanacion.com.ar
"¡Mirá quién vino!
El último cantor de tango, Juan Carlos Godoy", se oye cuando un hombre de 87 años irrumpe en El Banderín.
La escena confirma el mito que circula en Almagro: el local de Guardia Vieja y Billinghurst ganó su sello de "notable" gracias a la calidez de su gente, empezando por su dueño, Mario Riesco.
Don Mario, fanático de River y socio vitalicio del club desde 1944, pasa sus tardes compartiendo charlas con los clientes que llegan al bar en busca de su café en jarrito o de la tradicional picada de fiambres ibéricos.
"La gente me saluda con un abrazo, yo los recibo como en mi casa", afirma este hombre de 73 años, y asegura que la fórmula de la supervivencia en el tiempo es estar abierto a la juventud, que elige este bar para pasar sus madrugadas y se suma la clientela tradicional.
El hermoso fileteado en el cartel de entrada indica que el cafetín tiene más de 70 años y al ingresar parece que el tiempo no hubiera pasado. Los elementos y las costumbres se mantienen intactas, y el sonido del tango traslada a la atmósfera porteña de los años 30.
Don Mario recuerda haber caminado entre las mesas de este café desde que tiene memoria. En su infancia ayudaba su padre, cuando todavía el local funcionaba como bar-almacén bajo el nombre de "El Asturiano Provisiones y Fiambrería".
En aquellos años, el lugar era un desfile de tangueros, entre entre ellos, Aníbal Trolio y Carlos Gardel. "La mamá de Carlitos compraba «por libreta» en el almacén y él vino a tomar café varias veces", cuenta.
A fines de los 50, Don Mario pasó al frente del negocio, momento en que la invasión de los supermercados lo obligó a cerrar la parte del almacén y a funcionar exclusivamente como bar.
Fue por esa época cuando comenzó a colgar su colección de más de 500 banderines en las paredes y rebautizó el bar con el nombre con el que es reconocido hoy en día.
Don Mario cuenta que comenzó por el club de sus amores. Pero con el paso del tiempo, abrió su colección al resto de los equipos locales y gracias a un amigo que solía viajar al exterior, y engrosó su acopio con ejemplares de todo el mundo. "Muchos extranjeros que visitan el bar, al volver a sus países me mandan uno por correo", comenta.
A pesar de estas modificaciones, la esencia y la atención del bar no cambiaron y los vecinos continuaron colmando las mesas de El Banderín. Personalidades como Luis Angel Firpo, Pascual Pérez, Juan Manuel Fangio y Adolfo Pedernera se fueron sumando a la clientela del bar. "También venía Tato Bores, pedía siempre un cortadito", recuerda Don Mario, y señala una fotografía que el capocómico le regaló luego de varias rondas de café.
"Hay uno que todavía espero. Tengo guardadas dos botellas de Cinzano por si llega a venir Pasarella", confiesa Don Mario, con la misma esperanza de que sobreviva la tradición que hace de El Banderín un lugar especial.
"Mi hijo ya trabaja conmigo y me encantaría que algún día mi nieto pueda heredar este lugar, que a mi me dio tanta felicidad", concluye.
Entre tangos y fútbol, el hombre al mando de uno de los lugares notables de Buenos Aires conserva intactas las costumbres de los años 30
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"¡Mirá quién vino!
El último cantor de tango, Juan Carlos Godoy", se oye cuando un hombre de 87 años irrumpe en El Banderín.
La escena confirma el mito que circula en Almagro: el local de Guardia Vieja y Billinghurst ganó su sello de "notable" gracias a la calidez de su gente, empezando por su dueño, Mario Riesco.
Don Mario, fanático de River y socio vitalicio del club desde 1944, pasa sus tardes compartiendo charlas con los clientes que llegan al bar en busca de su café en jarrito o de la tradicional picada de fiambres ibéricos.
"La gente me saluda con un abrazo, yo los recibo como en mi casa", afirma este hombre de 73 años, y asegura que la fórmula de la supervivencia en el tiempo es estar abierto a la juventud, que elige este bar para pasar sus madrugadas y se suma la clientela tradicional.
El hermoso fileteado en el cartel de entrada indica que el cafetín tiene más de 70 años y al ingresar parece que el tiempo no hubiera pasado. Los elementos y las costumbres se mantienen intactas, y el sonido del tango traslada a la atmósfera porteña de los años 30.
Don Mario recuerda haber caminado entre las mesas de este café desde que tiene memoria. En su infancia ayudaba su padre, cuando todavía el local funcionaba como bar-almacén bajo el nombre de "El Asturiano Provisiones y Fiambrería".
En aquellos años, el lugar era un desfile de tangueros, entre entre ellos, Aníbal Trolio y Carlos Gardel. "La mamá de Carlitos compraba «por libreta» en el almacén y él vino a tomar café varias veces", cuenta.
A fines de los 50, Don Mario pasó al frente del negocio, momento en que la invasión de los supermercados lo obligó a cerrar la parte del almacén y a funcionar exclusivamente como bar.
Fue por esa época cuando comenzó a colgar su colección de más de 500 banderines en las paredes y rebautizó el bar con el nombre con el que es reconocido hoy en día.
Don Mario cuenta que comenzó por el club de sus amores. Pero con el paso del tiempo, abrió su colección al resto de los equipos locales y gracias a un amigo que solía viajar al exterior, y engrosó su acopio con ejemplares de todo el mundo. "Muchos extranjeros que visitan el bar, al volver a sus países me mandan uno por correo", comenta.
A pesar de estas modificaciones, la esencia y la atención del bar no cambiaron y los vecinos continuaron colmando las mesas de El Banderín. Personalidades como Luis Angel Firpo, Pascual Pérez, Juan Manuel Fangio y Adolfo Pedernera se fueron sumando a la clientela del bar. "También venía Tato Bores, pedía siempre un cortadito", recuerda Don Mario, y señala una fotografía que el capocómico le regaló luego de varias rondas de café.
"Hay uno que todavía espero. Tengo guardadas dos botellas de Cinzano por si llega a venir Pasarella", confiesa Don Mario, con la misma esperanza de que sobreviva la tradición que hace de El Banderín un lugar especial.
"Mi hijo ya trabaja conmigo y me encantaría que algún día mi nieto pueda heredar este lugar, que a mi me dio tanta felicidad", concluye.
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