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miércoles, 15 de julio de 2009

Damages, lo que se ve en la Tv. hoy

Damages es tan buena que se traduce sola,escribe Marga, de AsiaTeam


A los que nos gusta leer nos ha ocurrido que, de repente, un libro nos llama desde la mesa de una librería. El libro no tiene nada especial, ni la cubierta es llamativa, ni el autor conocido, ni el título especialmente atractivo; pero el libro nos llama, nos atrae.

Eso es exactamente lo que nos ocurrió con Damages. No tenía nada de especial, incluso decían que era una serie de abogados; CarpeDiem y yo odiamos las series de abogados, pero Carpe me dio un codazo (virtual, naturalmente) y me dijo ¿Lo has visto, Marga? y yo respondí: Sí.

Nadie apostaba por esta serie. La pusimos en el foro antes de estrenarse y todos nos dijeron: ¿Otra de abogados? ¡Qué horror! Pero ésta tenía algo especial.

Recuerdo el primer capítulo, los primeros minutos, cuando Ellen Pearson sale a la calle manchada de sangre, recuerdo la luz. Entonces me dije: esto es digno de verse.
El episodio piloto nos dejó con la boca abierta: una serie de abogados donde lo más cerca que se está de un tribunal son las escaleras del edificio.

Todo un acierto. Y capítulo a capítulo no decayó.

Damages ha sido una serie que se ha traducido sola.

Oírla en inglés es una delicia, sobre todo después de estar acostumbrados a Prison Break y otras del estilo, donde —y que me perdonen los estadounidenses— se usa un lenguaje que no dejaría utilizar a mis hijos, si los tuviese.

En Damages casi no se emplea el famoso 'you know', y cuando se emplea sólo está en boca de Ted Danson y es para marcar —con ese registro tan característico— el hampón que realmente es.
Así como muchos odian a Glenn Close, yo odio a Ted Danson: no lo aguanto. Perdón, no lo aguantaba hasta ahora; en Damages me he reconciliado con él: borda su papel.

¿Y de ella, qué decir? Oírle hablar a Glenn Close es una delicia: hasta cuando grita o murmura se le entienden las frases a la perfección, no sé si es el guionista o ella, aunque imagino que ambos utilizan un magnifico inglés del que ya había perdido la pista, de tanto ver series.

Traducir Damages ha sido sólo disfrutar; es un placer utilizar intensificadores en las frases, el verbo más adecuado viene a la mente casi sin pensar, las palabras se colocan en la boca o los dedos sin darse uno cuenta, y esa sensación se transmite al subtítulo.

He oído decir a los lectores de Espoiler que los subtítulos estaban bien hechos y nos alegramos. En realidad el placer ha sido nuestro, porque hemos disfrutado con ellos lo que casi nunca antes, y esperamos que también se lo hayamos podido transmitir a ustedes.

The Manchurian Candidate, la película que ví en Tv. y data de 2004. Toda una reflexión, sobre los lavados de cerebro de los Servicios Nortemericanos

La nueva película de Denzel Washington se atreve a llegar a donde las preguntas no se responden directo en la cara.

The Manchurian Candidate, versión de la clásica de 1962, explora el mundo de los lavados de cerebro en el ejército, en este caso durante la Guerra del Golfo Pérsico.

Un tema oportuno en pleno conflicto con Irak... y en plena época de convenciones partidistas con vista a las elecciones de noviembre en Estados Unidos. Si no es una candidatura a la presidencia, en todo caso podría ser al Oscar... para Denzel o para Meryl Streep.

.¿Quieres ver la película original?

Dentro del mundo de los lavados de cerebro
"Todo, absolutamente todo lo que sucede en la película, tiene su base en hechos reales".

Con esta máxima empieza Jonathan Demme, el director de la nueva versión de la novela de Richard Condon, The Manchurian Candidate, que ha erizado los pelos a más de una generación con su trama de manipulaciones políticas y lavados de cerebro en el ejército.


Demme no es ajeno a la controversia.

En su haber está la última película que ha sido un verdadero clásico en thrillers psicológicos en los últimos años: nada menos que The Silence of the Lambs (El silencio de los inocentes).

"El libreto que me entregaron era tan completo, tan lleno de detalles, que tenía la película lista prácticamente en un fin de semana. Yo quiero hacer más que thrillers, pero cuando me presenté a la reunión, tan sólo tuve que mostrar mi visión y llegamos a un acuerdo", comentó el director.
¿Quién es el candidato manchuriano?

Denzel Washington es Ben Marco, un veterano de la primera guerra de Irak, cuyo trabajo principal estos días es hablar a terceros de su servicio con Raymond Shaw (Liev Schreiber), un millonario que se convirtió en héroe al salvar a su pelotón en una emboscada.

Pero Marco tiene unas pesadillas horrorosas, imposibles de definir, que tan sólo son la punta del iceberg que es el secreto de los dos hombres.Por su parte, y gracias al apoyo de su madre, la senadora Eleanor Shaw (Meryl Streep), Raymond se convierte en el candidato para vicepresidente de uno de los partidos políticos de Estados Unidos, apoyado por una de las industrias privadas más imponentes del mundo entero, la Manchurian Corporation.

"La clave de la historia está en la relación entre estos dos hombres y cómo se enfrentan a la verdad. Uno es un cobarde, el otro no sabe cómo ser valiente. O quizás le quitaron el coraje en los laboratorios clandestinos de investigación psiquiátrica del ejército", explicó Demme.Asesinatos a sangre fría, lavados de cerebro, sexo incestuoso, conspiración para matar al presidente, entre otros pequeños detalles. Demme no escatima esfuerzos para contar los hechos de la forma más cruda posible.

De esta manera, es diferente a su antigua creación. "En The Silence of the Lambs sugeríamos, más que mostrábamos. Aquí consideramos que la crudeza le daba la fuerza que la historia necesitaba. No estamos hablando de paseítos por la playa aquí, el futuro del país está en juego en la historia", acotó Demme.De hecho, La primera versión de la película no fue bien recibida durante un tiempo.

Un año más tarde, Kennedy fue asesinado y los productores decidieron volverla a poner en cartelera. Es aquí donde la película fue un exitazo, comparable al que Michael Moore disfruta ahora con Fahrenheit 9/11.

La controversia es larga y tendidaEste éxito ha permitido a actores de la primera parte a criticar la razón para rehacer clásicos del cine. Angela Lansbury (la misma famosa actriz de la serie Murder, She Wrote), quien hizo el personaje de Meryl Streep en el original, dijo que el primer Candidato Manchuriano era perfecto, y que no había ninguna justificación para hacerlo otra vez."Estoy en desacuerdo".

"Ojalá que el público nos dé el chance de ver nuestra versión primero, ya que de esa forma no vienen con un formato preconcebido".

"Los tiempos que corren son distintos, y cualquiera que vea la película va a poder ver poderosas razones para sentir esta película ante la guerra contra el terrorismo", dijo Demme.

¿Y cómo se sentiría cuando alguien haga una nueva versión de The Silence of the Lambs? "Me aterra. Me causa depresión el simple hecho de que alguien venga y la haga mejor que yo. Estoy seguro que eso va a pasar", lamentó el director.

Su hipocondría es famosa.

Delincuentes famosos,-archivo Siete Dias - 1974-

"UN CHICO CIEGO"

Cuando Viílarino se refiere a su padre, lo hace con culpa.

"El viejo hizo cualquier cosa para que no me convirtiera en atorrante —reconoce—: antes de pelearse conmigo me había comprado un camión para que laburara en el puerto.

Allí empezó la cosa. A la ida llevaba mercadería a los barcos; a la vuelta, cargaba contrabando: whisky, cigarrillos... Entre una cosa y la otra la plata empezó a venir fácil. Cada vez más fácil. Yo era un pibe ciego: sabía que me iban a agarrar en cualquier momento, pero lo único que atinaba a pensar era una cosa: Tanto me darán si robo cien pesos, como cien millones.

"Del contrabando pasó al robo a mano armada. Así, en 1949, a los 18 años, consuma su primer golpe de importancia: 283 mil pesos. De ese episodio sólo recuerda lo que hizo después: comprar una motocicleta de 12 mil pesos.

En 1951 cumple el servicio militar en el Ejército. Ese año conoce la cárcel por primera vez. El suceso que lo condujo a prisión se conserva fresco en su memoria:"El asunto estaba servido a la salida de un Banco. Cierta persona retiraba frecuentemente dinero en cantidad y el problema se reducía a un detalle: quitárselo.

Tres pibes estábamos metidos en la cosa. Y el día llegó. El hombre sale del Banco, en Cangallo y Reconquista, y arranca a pie para el lado de la comisaría segunda. Lo seguimos. A las pocas cuadras entra en un edificio.

Yo trás él. Debìa venir uno de los pibes conmigo, pero como temblaba de miedo le dije que se quedara campaneando en el hall. El otro debía permanecer en la calle. El hombre ingresa al ascensor. Yo también. Mientras subimos, saco el arma y lo apreto. No se resiste y me entrega el portafolios.

Bajo en el segundo piso y le ordeno que siga subiendo. Me obedece y antes de que desaparezca de mi vista abro un poco la puerta: se detiene el ascensor y queda trabado entre dos pisos. Bajo por la escalera. En la calle no encuentro a nadie: los dos compinches se habían esfumado. Sin pensar dos veces, tomo hacia la izquierda. Corro por la vereda mirando hacia atrás: en la esquina opuesta había un botón conversando con una mujer.

No me ve, pero yo lo vigilo a la carrera. Por eso, por andar con la cabeza dada vuelta, me llevo por delante a un tipo que venía caminando en sentido contrario.

Lo rocé, simplemente. Pero me largó una andanada de insultos. Ese choque fue fatal, ya verá por qué. Sigo disparando hasta que veo un tranvía. Entre irme a pie y motorizado, opto por esto último.

Subo, pago el boleto, y una vez dentro levanto el asiento y dejo caer el arma y el portafolios en esos recipientes de arena que llevaban antes los tranvías.
Me cambio de asiento: en el vehículo hay tres personas y las tres delante mío.

Nadie ve mis movimientos. Por la ventanilla observo la escena que se desarrolla en la calle: el tipo robado, la policía, el alboroto normal... El tranvía me lleva lejos, la perdiz estaba volando."Cuando llego a casa encuentro a uno de mis compinches: lo mandé al diablo y le di su parte. El otro ni apareció. A los siete días, estando yo en el Ejército (era chofer de un teniente coronel) me llaman desde la guardia: al parecer, el jefe me quería ver. Cuando llegué me vi cocinado en una sartén con tapa y todo: me estaban esperando todos los rati (policías) de la comisaría segunda.

Me llevaron allá para presentarme formalmente al señor que me había denunciado: un sargento jubilado que me conocía desde que era chico y que, fatalmente, era el mismo tipo con el que había tropezado en la calle el día del robo. Me comí tres años y medio".Se acerca uno de sus compañeros de pabellón: Trae más café. Los otros miran televisión. Un corto publicitario revela el "secreto" para convertirse en conquistador irresistiblle. No hay jovencita que eluda el influjo: las más despampanantes sucumben como palomas.

Los reclusos miran en silencio.

—¿Qué arma utilizó en ese hecho?

—Una Browning 7,65. Pero eso fue al comienzo. Después, con una 45, creía que el mundo era mío... Era un chico ciego, después me enloquecí más todavía.

—¿Por qué?

—Cuando salí de prisión seguí apretando. No tenía noción de lo que estaba haciendo, no me daba cuenta de que, poco a poco, hipotecaba mi vida.

En el año 57, salí de firme a meter caño: hice seis meses de robos continuados. Con un arma en la mano me sentía el dueño del país. Tenía 26 años y un rechifle de adolescente.

—¿No tropezaba con la policía?

—En esa época esto era el paraíso terrenal para trabajar: los agentes tenían, a lo sumo, una 45.

Usted agarraba el diario y descubría 40 ó 50 robos por día.
Hoy, por lo que leo y escucho, la policía se perfeccionó mucho: anda con ametralladoras, escopetas Itaka, lanzagranadas; patrullan permanentemente.

Fíjese en el diario cuántos robos de "arriba las manos" encuentra: a lo sumo, cuatro o cinco por semana.

Vea la diferencia.

En ese entonces yo andaba con un coche robado durante un mes, sin cambiarle las chapas. Mire, esté seguro de una cosa: buena parte de los delincuentes que se dedicaban a este asunto se marcharon del país.

—¿Y el resto?


—El resto está en el cielo.

Delincuentes famosos,-archivo Siete Dias - 1974-

"ALGO QUE NUNCA HICE"

Entre abril y septiembre de 1957, Villarino reconoce haber consumado entre 25 y 30 robos.

Pese a lo que mucha gente supone, jamás mató a nadie. Muchos de los que conocen sus pasos agregan que, si alguna vez hirió a alguien, fue por un empujón; a lo sumo, por un golpe de puño. No es un descargo, pero tal vez contribuya a neutralizar lo que alguna vez se dijo injustamente de él: que era un "asesino despiadado".

—¿Cómo operaban en esa época?

—Simplemente, mirando. Donde veíamos una oportunidad, rondábamos con el auto, y en el momento oportuno bajábamos dos o tres, robábamos y a correr.

—¿De cuánto era el botín en cada hecho?

—Setecientos mil pesos, un millón, tres millones...

—¿Qué hacían después de consumado el robo?

—Guardaba el auto, iba a casa y le decía a mi esposa (yo me casé luego de salir de prisión, hacia 1957) que tenía un negocio que hacer en el interior. Ella ignoraba todo al comienzo. Desaparecíamos una semana y cuando se calmaba el ambiente, volvíamos. Finalmente, mi mujer terminó dándose cuenta.

—¿Y qué pasó?

—Me pidió que dejara, que nos fuéramos a Bahía Blanca, donde tenía familiares, para empezar otra vida, trabajando. Yo no quería, le decía que para qué: nunca habíamos tenido un tiroteo, la cosa era tan fácil... Cuando uno es joven y está loco, como lo estaba yo, piensa que cualquier cosa vale veinte.

Así me fue.

—¿Qué hacía con el dinero?

—Vivía bien.. Bueno, si eso era vida. Vivía bien en el sentido de que tenía auto, casa, diversiones... Todo sin trabajar. Pero, ¿de qué me sirvió? Cuando organizamos el gran asalto al Ministerio de Salud Pública, yo tenía una casa en Montevideo, seis camiones. .. Perdí todo, y lo que es más trágico, perdí prácticamente lo mejor de mi vida.

—¿Cómo organizaron ese asalto?

—Fue simple. Se trataba de robar el día de pago: diez millones y medio de pesos. Pero yo no quería hacerlo.

—¿Por qué?

—Estaba viviendo en Montevideo. Ahí me entero que los que trabajaban conmigo estaban por dar ese golpe. No quería hacerlo, lo veía demasiado peligroso.

Pero refexioné sobre un punto: uno de los que participaban era flojo; un tipo nervioso que podía entorpecer el trabajo, arruinarlo. Yo me dije: "Si los agarra la policía, aunque yo no esté metido me creerán complicado en el caso. Si estoy, en una de ésas las cosas salen mejor. Perdido por perdido, voy".

Y me vine, nomás.

—¿Cómo ocurrió todo?

—Limpiamente, a la perfección. Eramos cinco. Fue en el entrepiso del Ministerio. Nos alzamos con todo sin disparar un solo tiro. Pero algo tenía que salir mal, yo lo presentía.

—¿Y qué fue?

—Luego del robo (y siempre lo más delicado viene después), me llevé al flojo de marras conmigo a Montevideo para que no metiera la pata. Pero la había metido antes: anduvo diciendo cosas que no debía, le regaló un auto muy lujoso al hermano...

La cosa se supo y en Montevideo me entregaron .
Perdí todo: para colmo, mi esposa estaba embarazada.

En Buenos Aires me esperaba lo peor.

Villarino hace una pausa. Desvía el foco de la lámpara de cabecera de su cama que hasta entonces encandilaba su rostro. Enciende otro cigarrillo, sorbe un poco del café ya tibio, y permanece callado.

—¿Por qué dice que en Buenos Aires lo esperaba lo peor?

—Porque aquí aparece un comisario que se ensañó conmigo. Cuando me traen de Uruguav. este hombre pretende hacerme responsable de una cantidad de delitos que no había cometido. Cuatro o cinco de las cosas que mencionaba eran ciertas, pero el resto falso. Por si eso fuera poco, me quiso inculcar en un episodio ... como le diría.. . amoral que no tonía pies ni cabeza.

—¿De qué se trataba?

—En un hecho ocurrido en Don Torcuato. Habían apretado un boliche que se llamaba, si no me equivoco. El Caballito Blanco, donde violaron a once mujeres. En fin, un desastre. Yo le respondí a ese comisario que reconocía ser un delincuente, haber robado... pero que jamás habría hecho una cosa semejante.

Como buen porteño, creo que nada es más hermoso para un hombre que una mujer se le entregue: ganarla por picardía, por cariño, pero jamas por la fuerza. Porque si yo no tuviera la capacidad para afilarme a una mujer, la pago. Y todavía, le juro, no he pagado a ninguna. En fin, ese comisario le dijo una barbaridad a mi esposa, le gritó en la cara que yo era un violador de mujeres...

Cuando escuché eso me puso como loco. Pero no me hice cargo de todas esas cosas que me querían imputar.

—¿Dónde lo mandaron entonces?

—A la cárcel de Devoto. Allí permanecí hasta septiembre de 1958, cuando me evadí. Estuve cuarenta días en la calle. Finalmente me agarraron en un chalet de Boulogne. De nuevo preso: me enviaron a La Plata; de allí, a Devoto; luego, a la Penitenciaría; de allí, a Caseros, de donde me escapé el 17 de mayo de 1960. Estuve cinco días en la calle, hasta que me pescaron nuevamente. Lo hizo ese mismo comisario del que le hablé. Y pude haberlo matado ese día.

—¿Por qué?

—Yo estaba en un negocio de la calle Brasil cuando me rodearon.
Lo vi venir.
Entró, como quien dice, en el aire. La verdad, era un hombre de ir al frente.
Me adelanté y le puse la pistola entre ceja y ceja...
Pero tuve la suerte de poder pensar.
Bajé el arma, se la di y me entregué.

Un hombre puede tirar para defenderse si están por matarlo.

Eso no ocurría en mi caso y yo no era un asesino.

Delincuentes famosos,-archivo Siete Dias - 1974-

"VIVIR EN EL INFIERNO"(una entrevista de Alberto Agostinelli a Villarino para Siete Dias en 1974)

El televisor sigue prendido, aunque nadie lo mira.

Tres de los reclusos leen; dos conversan en la cocina, Villarino sirve un poco más de café. En la pantalla se ve una prisión: es una entrega de la serie Ladrón sin Destino. Con un gesto de su cabeza, Villarino señala el aparato y sonríe:

—Los guionistas del cine policial están atrasados más de una década.

—¿En qué sentido?

—En cuanto a las técnicas delictivas que muestran como novedosas. Lo que se ve hoy en le pantalla fue aplicado por verdaderos artesanos del hampa hacia 1960.

—¿Conoció a muchos?

—¡Qué le parece! A los mejores. Había uno que tenía un bocho... No comprendo cómo se dedicaba al delito con semejante inteligencia. También conocí a dos norteamericanos y a un francés que, en sólo tres trabajos, se llevaron más de 14 millones de pesos. Andaban con sopletes, herramientas de precisión y toda esa ferretería que hoy llama tanto la atención. Eran muy pillos y yo, de puro idiota, pensaba que los más vivos eran los más respetables.

—¿Usted tenía alguna especialidad? ¿Realizaba algún tipo de robo en particular?

—No, lo que le puedo decir es que nunca anduve de escruche (reventar cerraduras), de boleo (descolgarse como un gato para entrar en un departamento), ni de punga (carterista)

—¿Trabajaba con cualquiera?

—¡Por favor! Tenía un compañero o dos, salvo en el caso de Salud Pública. Pero generalmente trabajaba con dos: Osvaldo y Varela. Dejando de lado el hecho de que fueran delincuentes, irresponsables como yo, eran fieles, sinceros. Y yo lo era con ellos. No me pegaba con otro por nada del mundo: si el mejor pistolero del país me hubiera ofrecido hacer un trabajo con él, no habría aceptado.

Cuando me escapé por última vez, en 1960, ellos vinieron a buscarme. Y les dije que no les convenía seguir conmigo: yo era un caramelo (presa) regalado. Me buscaban hasta los bomberos. No les importó: estaban conmigo. En un sentido, eran buenos.

—¿En cuál?

—En saber cuáles son las reglas del juego: eran incapaces de ensuciar a otros con sus delitos. Eran duros, cerrados de boca. A mí no me gustaron jamás los soplones, como creo que no le gustan a nadie, ni a la policía. El bocón es un hombre sin dignidad, que no quiere a nadie y menos a sí mismo. Hasta quien escucha la delación sabe qué porquería tiene delante suyo. Con esto no quiero hacer apología alguna: el delincuente es dañino, sin vueltas. Pero el alcahuete es tanto o peor que él.

—En aquellos años, muchos se refrieron a usted. rotulándolo como un ladrón frío, cerebral. ¿Qué hay de cierto?

—Vea, creo que cualquier ladrón que se profesionaliza termina trabajando más con la cabeza que con las manos. Cuando entra en acción está menos nervioso que cuando invita a salir por primera vez a una chica que lo vuelve loco.

—¿Jamás se desespera?

—Por supuesto. Yo fui un fugitivo mucho tiempo. Usted no se imagina lo qué es vivir así. Es el infierno. No puede ir a ningún lado porque lo acechan hasta los buzones. Cuando localiza un aguantadero para pasar la noche, debe pagar fortunas para que le permitan entrar. A fines de la década de' 50, por dormir en el suelo de una cocina me cobraban 10 mil pesos ¿Sabe lo qué representaba esa cantidad? Así se me iba el dinero. Entonces uno se pone ciego, sólo piensa en una cosa, conservar la libertad.

Para ello debe seguir robando: para pagar aguantaderos y otras yerbas. Yo estaba enceguecido, seguía y seguía... Cuando mi hijo tenía cuatro meses, se enfermó fiero y lo internaron en el Hospital de Niños. Yo estaba prófugo y supe que tenían al chico en carpa de oxígeno. Me volví loco. Pensé que podía morirse, allí, sólito, sin nadie a su lado.

No dudé más y decidí ir a rescatarlo. Estaba fuera de mí. Sabía que los rati me estaban esperando allí. Pero conseguí un arma y casi hago esa locura. Por suerte, uno de esos compañeros que le mencioné logró disuadirme. Creo que, de haber ido, habría muerto esa misma noche.

Delincuentes famosos( Archivo Clarín)

INFORME ESPECIAL DELINCUENTES FAMOSOS: JORGE EDUARDO VILLARINO MURIO EN DICIEMBRE DE 1999 EN ITALIA


Los últimos años del rey de la fugaHace 40 años alcanzó notoriedad: sus asaltos y fugas lo convirtieron en un ladrón conocido. Clarín reconstruyó los últimos pasos de este delincuente que murió a los 68 años, en Milán

Por VIRGINIA MESSI. De la Redacción de Clarín

Entre edictos, cursos de artesanías y avisos de asistencia psicólogica, el pedido pasó inadvertido. Estaba en la página 89 de Clarín, el 11 de diciembre del año pasado. El consulado argentino en Milán buscaba a los familiares de Jorge Eduardo Villarino, nacido en Buenos Aires el 19 de junio de 1931.Las nueve líneas redactadas por la Cancillería no aportaban mucha más información. Pero escondían una noticia.

"El rey de la fuga", "El intelectual del hampa", "El pibe", el ladrón que durante los ''50 y ''60 acaparó la atención con sus robos y escapes increíbles de la cárcel, había muerto: el 2 de diciembre de 1999 a las 17.55 tuvo un paro cardíaco en el Hospital San Paolo, de Milán.

En esa ciudad —a los 66 años— había sido detenido en noviembre de 1997 cuando se disponía a asaltar un banco.El cuerpo permaneció dos meses en la morgue del hospital esperando que alguien lo reclamara. Pero sus familiares nunca aparecieron.

Villarino terminó ocupando la "sepultura 422.000" del Cementerio Mayor de Milán, donde ni siquiera está enterrado con su verdadero nombre.Para engañar a la Policía y a la Justicia argentinas —que desde agosto del 97 lo investigaban por tráfico de drogas— había conseguido un pasaporte falso a nombre de Jorge Eduardo Leguizamón Vidal, nacido en la ciudad paraguaya de San Pedro el 24 de febrero de 1933.


Y con esa identidad se firmó su acta de defunción.Villarino se quedó sin tumba, aunque a través de sus huellas digitales tanto Interpol como Cancillería y el juez federal Rodolfo Canicoba Corral —que en mayo de 1999 había pedido su extradición por la causa sobre narcotráfico— ya habían establecido quién era Leguizamón Vidal.Su historia no había empezado en Paraguay —como decía su pasaporte falso— sino en Buenos Aires.

Era uno de los 6 hijos de Inés Guimarei y Jesús Villarino, un verdulero trabajador que, al saber que Jorge Eduardo (ya adolescente) había tomado por el mal camino, sacó toda su ropa a la vereda y la quemó.Jesús le había confiado un camioncito para que lo ayudara en su negocio, pero con él Villarino hijo se dedicó a sacar mercadería de contrabando del puerto.

De esos pequeños delitos pasó a los asaltos y sólo en diez meses —en la década del 50— lideró, al menos, 14 robos a mano armada.Con cada golpe su nombre ganaba fama. Y tres ingeniosos escapes de la cárcel lo convirtieron en "El rey de la fuga".En setiembre de 1958 se escapó del penal de Villa Devoto escalando los techos. Estuvo libre un mes: lo detuvieron en Boulogne y lo llevaron a la cárcel de Caseros.

Pero en mayo de 1960 comprobó que, para escapar, había otras formas menos riesgosas: sobornó a unos guardias y volvió a la calle.Lo gozó sólo unos días. Otra vez lo encontraron y lo metieron en un lugar "seguro": la celda 531 de la hoy demolida Penitenciaría Nacional, que estaba en la avenida Las Heras, en pleno Palermo.

De allí también se fue en setiembre del 60. Finalmente lo detuvieron en Brasil cuando estaba por subir a un avión con rumbo a Europa.Por los golpes que había dado —la mayor parte en los 50— la Justicia argentina lo condenó en 1965 a 20 años de prisión, sin posibilidad de libertad condicional. Sin embargo, una vez más, Villarino logró salir de su encierro: fue el 10 de noviembre de 1976, gracias a un decreto que —un año antes— había firmado la presidenta María Estela Martínez de Perón, que había sido derrocada en marzo de 1976.

Para esa época Villarino ya había sido apadrinado por Francois Chiappe, un miembro de la mafia marsellesa, dedicado al tráfico de drogas y armas, detenido en 1972 en Buenos Aires por comerciar con heroína. Y que el 25 de mayo de 1973 salió de la cárcel de Devoto en medio de la confusión creada por el indulto de presos políticos.

Repartiendo su vida entre Francia e Italia, Villarino no abandonó los asaltos pero decidió ampliar los rubros de su "negocio": se dedicó también a los secuestros extorsivos y al tráfico de drogas.Volvió a ser noticia en 1986 cuando, en España, lo condenaron a 26 años de prisión por matar a un policía valenciano en un intento de asalto a una joyería. Ya se había hecho una ligera cirugía estética para cambiar su cara.

Y aunque su fecha para salir de la cárcel española de Topaz (en Salamanca) era en el 2012, logró que lo dejaran libre el 28 de marzo de 1997.Por entonces, pocos se enteraron de que "El rey de la fuga" estaba de nuevo en la calle. Lo supieron meses después, cuando Villarino viajó a Buenos Aires y, al conectarse con una banda de narcos, quedó al descubierto en escuchas telefónicas tomadas entre agosto y setiembre por orden del juez Canicoba Corral.

Una vez más, cuando iban a apresarlo, logró escapar: disfrazado y con un pasaporte falso tomó un vuelo en Aeroparque y, vía Montevideo, llegó de nuevo a Italia.Sin dinero y con una esposa e hija viviendo en París —según cuenta él en las escuchas tomadas por la Federal en el 97— intentó asaltar el Instituto Bancario Cariplo de Milán, el 28 de noviembre de 1997. Pero la Policía italiana tenía el dato del golpe y lo sorprendió en la calle.Para su último golpe, "El pibe" había elegido una banda con experiencia.

En su aguantadero la Policía encontró bigotes y barbas postizas. Además de secuestrarles tres autos robados, 1 revólver, 5 pistolas (tres de juguete) y un aparato diseñado para anular detectores de metales, un equipo que los bancos tienen en sus entradas para desalentar los asaltos.Con el pasaporte falso, Villarino logró durante un tiempo que la Policía italiana no conociera su historia. Durante dos años vivió en la cárcel de Vigevano, cerca de Milán. De ahí también salió, pero ya no lo seguían policías, sino la muerte. Y no pudo esquivarla.





















































































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lunes, 13 de julio de 2009

Robert Mc Namara

McNamara, halcón con remordimientos

PEDRO RODRÍGUEZ LOS ÁNGELES

Publicado Lunes, 06-07-09 a las 20:35

Con sangrienta ironía, David Halberstam –icono del periodismo americano- etiquetó como “los mejores y los más brillantes” a toda esa generación de académicos, intelectuales y hombres más cómodos con números que con palabras que habitaron la trastienda de la destructiva implicación de Estados Unidos en Vietnam. De todos ellos, el más destacado fue Robert McNamara, el titular de la cartera de Defensa con John F. Kennedy y Lyndon Johnson que ayer falleció en Washington a los 93 años.

Quizá el responsable civil del Pentágono más decisivo desde la creación del Departamento de Defensa tras la Segunda Guerra Mundial, McNamara había dedicado los últimos años de su vida a un matizado arrepentimiento de sus decisiones con respecto a la tragedia de Vietnam. Bajo su gestión, Estados Unidos pasó de medio millar de asesores militares a un ejército de más de medio millón de efectivos en el empeño de lograr una victoria imposible en un conflicto militar innecesario. Hasta el punto de que la guerra de Vietnam llegó a conocerse como la guerra de McNamara.

A través de un libro de memorias, documentales y entrevistas, McNamara calificó sus decisiones al frente del Pentágono como “equivocadas, terriblemente equivocadas”, especialmente en lo referente a proseguir con el contumaz conflicto más allá de 1963. Pero sin dejar de recordar la lógica distorsionada de la Guerra Fría y la teoría del dominó sobre el contagioso expansionismo del comunismo patrocinado en última instancia por la Unión Soviética.

Y de hecho, sus moralejas sobre la ratonera del sudeste asiático no han dejado de resonar en Washington durante los últimos años. Como cuando en 1996 explicó en un documental de la CNN sobre la Guerra Fría que “la fuerza militar externa no puede reconstruir un Estado fallido y Vietnam, durante buena parte de ese período, fue políticamente un Estado fallido. Y nosotros no fuimos capaces de reconocerlo”.

Nacido en San Francisco, Robert Strange McNamara estudió economía en la Universidad de California-Berkeley y un master empresarial en Harvard. Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió como oficial dedicado a estudiar los resultados de los bombardeos americanos sobre Alemania y Japón con el fin de mejor su eficiencia. Tras la contienda, empezó a trabajar para la compañía automovilística Ford, alcanzando la máxima responsabilidad ejecutiva en noviembre 1960.

Un mes después de alcanzar el olimpo de Detroit, McNamara fue fichado por John F. Kennedy para hacerse cargo de la cartera de Defensa como parte de una élite de altos cargos muy jóvenes pero con peso específico intelectual. Grupo que tuvo ocasión de poner a prueba sus dotes durante la gravísima crisis internacional generada los misiles soviéticos descubiertos en Cuba en octubre de 1962.

Maestro del análisis estadístico, McNamara aplicó al Pentágono técnicas de dirección y gestión aprendidas en el sector privado con el afán de racionalizar los enormes recursos militares de Estados Unidos. Pero toda esa obsesión numérica, científica y computerizada resultó un fiasco al intentar cuantificar el progreso en la guerra civil de Vietnam.

A la altura de noviembre de 1967, McNamara informó al presidente Johnson que no existía “una forma razonable” de terminar rápidamente y con éxito en Vietnam, aconsejando una retirada gradual. En cuestión de días, se vería obligado a dejar el Pentágono para hacerse cargo de la presidencia del Banco Mundial. Un puesto tradicionalmente reservado a Estados Unidos y que McNamara ocupó durante trece años hasta su jubilación.

Después de tres décadas de silencio, Robert McNamara empezó a reconocer el fiasco de un conflicto que terminaría costando la vida de 58.000 estadounidenses y tres millones de vietnamitas. En el documental “La niebla de la guerra”, ganador de un Oscar en el 2004, argumentó a su estilo que “la guerra es algo tan complejo que va más allá de la habilidad de la mente humana para comprender todas sus variables, nuestro juicio, nuestra capacidad de entendimiento no son adecuados”

Expedicionario famosos. Stanley

Stanley (John Rowlands, Sir Henry Morton)

Explorador británico (Denbigh, País de Gales, 1841 - Londres 1904).

Nació en Denbigh, en 1841, de una familia humilde, e hijo natural. Fue abandonado por su madre y recogido, durante algún tiempo, por su abuelo. Más tarde permaneció con sus tíos hasta ser confiado, a la edad de seis años, a la "Unión Workhouse" de Saint Asaph, una siniestra institución, en la que realizó brillantes estudios.

Se evadió a los 15 años, tras haberse rebelado contra los malos tratos de los que era víctima en el internado. Encontró asilo en casa de un primo y después obtuvo un pequeño empleo en Liverpool, donde se unió a marinos y se embarcó como mozo en un barco con destino a Nueva Orleáns (1858).

Una vez en América, sin el menor medio de subsistencia, tuvo la suerte de ser protegido por un negociante que, tras encontrarle un trabajo, le trató casi como a un hijo y llegó a darle su propio nombre, Stanley. Pero su benefactor murió la víspera de la guerra de Secesión. Sin el menor entusiasmo, tuvo que alistarse en las filas sudistas. El 6 de Abril de 1862, durante la batalla de Shiloh, fue capturado por los nordistas y no tardo en cambiar de bando, pero pronto fue licenciado por una enfermedad.

A partir de ese momento, libre por completo de cualquier obligación, viajó a Europa y, al final de la guerra volvió a América para retomar el uniforme de los federados. Encontró entonces una primera vocación enviando a los diarios crónicas de los combates. Al acabar la guerra, volvió a sus viajes llegando hasta Asia menor, donde fue hecho prisionero, durante semanas, por bandidos. Tras volver a Estados Unidos, se convirtió en un cotizado periodista y escribió artículos sobre las "guerras indias", a las que asistió personalmente.

En 1868, el New York Herald le envió para "cubrir" una campaña británica contra Etiopía. Stanley sobornó a los responsables del telégrafo de Suez y consiguió prioridad para transmitir la noticia. Así, los lectores del periódico conocieron la noticia de la caída de la fortaleza de Magdala mucho antes que los ministros o la reina Victoria. Eso le hizo ganar fama en el mundo periodístico. En 1869 viajó a España con el fin de informar sobre una insurrección Carlista.

El director del New York Herald, James Gordon Bennett, envió a Stanley en busca de noticias de Livingstone, poniendo a su disposición grandes medios económicos. Stanley salió el 21 de marzo de 1871 de la región de Zanzíbar, con una gran caravana con más de 200 personas. Retrasado por conflictos, deserciones y motines, llegó finalmente al poblado de Ujiji, en la ribera oriental del lago Tanganyka. Fue este el momento de su célebre encuentro con Livingstone (10 de noviembre de 1871).

Después de realizar una exploración conjunta hacia el norte y el este, Livingstone, muy fatigado por los años de exploración, se negó a volver con Stanley. A su regreso, Stanley conoció el éxito, pero también la envidia y la hostilidad de parte de la opinión pública, que le consideró norteamericano y no apreció sus métodos de exploración, por considerarlos demasiado militaristas. Se llegó incluso a poner en duda la autenticidad de las cartas de Livingstone, que había traído consigo.

Después de seguir la campaña de las tropas británicas contra los Ashanti de Costa de Oro (Ghana) [1873-1874], Stanley se persuadió, tras la muerte de Livingstone, de que debía retomar la antorcha de la exploración y encontrar finalmente las fuentes del Nilo. Con la ayuda del Daily Telegraph y del New York Herald, Stanley volvió a salir de Bagamoyo, frente a Zanzíbar, en noviembre de 1874. Llegó en primer lugar al lago Victoria, que estudió con detalle, gracias a un barco desmontable que llevó consigo. Después volvió a descender el lago Tanganyka y llegó por fin, dos años después de su salida, al Lualaba, el gran río en el que Livingstone había creído ver el origen del Nilo. Gracias al apoyo de un poderoso comerciante de esclavos, Tippoo-Tip (1837-1905), comenzó a descender el Lualaba el 5 de noviembre de 1876, chocando constantemente con la hostilidad de los ribereños.

Las cataratas que llevan su nombre fueron sorteadas en enero de 1877. Poco después, resultó evidente que el río se orientaba definitivamente hacia el oeste: el Lualaba resultó ser el curso superior del Zaire (Congo). Uno de los principales descubrimientos geográficos del siglo XIX se debió, por tanto, a Stanley, cuya expedición, diezmada y debilitada, llegó por fin al estuario el 9 de agosto de 1877.

El mayor explorador de la época se puso en lo sucesivo al servicio de un nuevo imperialismo, esta vez personal, representado por Leopoldo II, rey de los Belgas. Habiendo salido de nuevo para África en 1879, aunque de manera discreta, Stanley comenzó a crear de forma metódica puestos avanzados en la cuenca del Zaire por cuenta de un "Comité de estudios del Alto Congo". A partir de este momento se enfrentó a la influencia francesa en la zona, representada por Savorgnan de Brazza, el cual había establecido un puesto avanzado en lo que más tarde seria Brazzaville.

La rivalidad entre ambos exploradores fue fuerte. No obstante, gracias a su labor incansable, como lo demuestran la cantidad de tratados firmados con los jefes locales, Stanley consiguió sentar las bases del "Estado independiente del Congo", que fue puesto bajo la soberanía de Leopoldo II (1885).

A pesar de todo ello, la falta de diplomacia del explorador, sus difíciles relaciones con los franceses, así como otras causas, hicieron imposible la continuación de su tarea en las regiones donde la política internacional, es decir, el reparto imperialista de África, tomaba la delantera al explorador. Una diversión se le ofreció entonces a Stanley: Emin bey (más tarde Emin baja), gobernador de Equatoría, al servicio de Egipto, estaba sitiado en la región del lago Alberto por los rebeldes maholistas. Stanley fue encargado, por un comité filantrópico, de ir a liberarlo. A partir de junio de 1887, su expedición remontó el zaire, luego un afluente, el Aruwimi. Después de un viaje muy arriesgado a través de la selva, Emin bey fue reencontrado el 28 de abril de 1888.

Este recibió a su "libertador" con boato y no aprobó del todo la necesidad de su "ayuda". Stanley tuvo que insistir mucho para llevarlo consigo hasta Zanzíbar. Poco después de su regreso de África, Stanley se casó con una descendiente de Cromwell (1890) y comenzó a realizar giras triunfales de conferencias por Europa, EEUU e incluso por Nueva Zelanda.

Nacionalizado norteamericano en 1885, recuperó de nuevo la nacionalidad británica en 1892 y pudo entonces iniciar su carrera política, sin relieve por otra parte, al ser elegido para los Comunes como liberalunionista (1895).

Stanley es autor de varios libros que escribió a lo largo de su vida y sus viajes.

Entre ellos están:
"Como encontré a Livingstone" (How I found Livingstone, 1872) en el que narra su primer viaje en busca del desaparecido Livingstone y todas las calamidades por las que tuvo que pasar; una biografía de Livingstone; "Coomassie y Magdala" (1874); "A través del Continente Oscuro" (Through the Dark Continent, 1878); "El Congo y la fundación de su estado libre" (The Congo and the founding of its free state, 1885); "En la oscura África" (In darkest Africa, 1890); "Emín baja y la rebelión en el ecuador" (Emin pacha and the rebelion at the equator, 1890); Y en colaboración con Jephson, "A través de África del Sur" (Through South África, 1898).

Expedicionarios famosos. El doctor Livigstone

La vida del doctor David Livingstone

Livingstone (David Livingstone)

Explorador escocés (Blantyre, Lanarkshire, 1813 - Chitambo, Zambia, 1873).
De él afirmó Lord Curzon: “Su obra se eleva con monumental grandiosidad entre las realizaciones del espíritu humano”. Livingstone no fue sólo el descubridor de gran talla o el cartógrafo de vastas regiones todavía desconocidas a mediados del siglo XIX: su sentido de una “misión” que cumplir y su acción constante contra la esclavitud le sitúan un poco aparte respecto de otros exploradores.

Nacido en el seno de una familia pobre, David Livingstone tuvo que trabajar en una fábrica de hilados para pagarse los estudios de medicina, que simultaneó con los de teología. Con esta base confiaba que se le encomendara una misión de evangelización en China. Pero la guerra del Opio significó el fin de sus esperanzas. Tuvo que contentarse con el África austral.
En 1840 desembarcó en El Cabo y se trasladó a continuación a Kuruman, principal centro de misiones protestantes de Bechuanalandia (hoy Botswana). Se familiarizó durante largo tiempo con el mundo africano y se casó con la hija de su superior.

Muy pronto sus actividades se dirigieron hacia la busca de nuevos centros de fundación de misiones. Con este objetivo, en 1849 cruzó el desierto de Kalahari y descubrió el lago Ngami (en el Noroeste de la actual Botswana). En 1851 llegó a un afluente del Zambeze, el río Cuando. Tras haber trasladado a su mujer y a sus tres hijos a El Cabo (1852) volvió a partir hacia el norte y alcanzó la zona de transfluencia que rodea el lago Dilolo, en Angola (1854). De este modo entró en contacto con la cuenca del Congo. Pero entonces contrajo las fiebres y tuvo que regresar a toda prisa a las posesiones portuguesas del litoral atlántico, donde los misioneros católicos le dispensaron una fraternal acogida.

Su regreso, en septiembre de 1854, significó la primera travesía del África austral. En un lento viaje de vuelta, fue descendiendo a lo largo del Zambeze, lo que le permitió hacer (17 de noviembre de 1855) el célebre descubrimiento de uno de los más maravillosos paisajes del mundo: a varios kilómetros de distancia, inmensas columnas de humo “harían pensar en uno de esos incendios de vastas extensiones de pastos que se ven con frecuencia en África”, escribía. Se trataba de los vapores generados por las prodigiosas cataratas a las que llamó, en recuerdo del nombre de su reina, las cataratas Victoria.

Descendiendo a lo largo del río, alcanzó el mar el 20 de mayo de 1856. Una gira de conferencias por Inglaterra le permitió presentar el balance de esta gran exploración. En 1858 regresó a África, con el título de cónsul de la región de Zambeze, y exploró una vez más el curso inferior del río. Remontando luego uno de sus afluentes, el Shire, alcanzó el lago Nyasa (16 de septiembre de 1859), cuya carta dibujó.

Pero muy pronto las pruebas se abatirían sobre el explorador. En 1862 murió su mujer, que le acompañaba en el viaje. Además, el año siguiente Londres le relevó de su misión oficial y tuvo que regresar a Europa.

Gracias a su tenacidad consiguió reanudar sus exploraciones, esta vez con ayuda de suscripciones particulares (1866). Ahora quería intentar resolver el complejo problema de los afluentes del Nilo superior. Al principio chocó con los traficantes de esclavos, cuyo comercio combatía. Le robaron parte de su bagaje y su preciosa farmacia.

Pero no por eso interrumpió la más minuciosa de todas sus exploraciones, estudiando las regiones comprendidas entre los lagos Nyasa y Tanganyka. En noviembre de 1867 descubrió el lago Nweru y en julio de 1868 el lago Bangweulu. En 1869 llegó al Lualaba (Congo Superior), del que pensó que tal vez se trataba de uno de los brazos madre del Nilo. Pero las fiebres le impidieron continuar sus investigaciones. Tuvo que regresar a las orillas del lago Tanganyka.

Mientras tanto, la opinión pública inglesa comenzaba a inquietarse ante la falta de noticias del gran explorador. El editor del New York Herald encomendó a uno de sus reporteros la misión de partir en su busca. Así fue como el 10 de noviembre de 1871 tenía lugar en Ujiji, el célebre encuentro entre Stanley y Livingstone, que proporcionó una excelente oportunidad al primero para dar muestras de su sentido del humor (“Mister Livingstone, I presume?”). Pero el periodista no logró convencer al explorador para que abandonara aquellos viajes, que le habían agotado.

Livingstone volvió a partir hacia el lago Bangweulu, pero murió, la noche del 30 de abril al 1 de mayo de 1873, en Chitambo (al sudeste del lago).
Sus porteadores embalsamaron su cuerpo con aguardiente y lo trasladaron a Zanzíbar: se le concedió el honor de ser enterrado en Westminster al hombre que más había hecho por conocer el interior de África.

Durante su vida escribió entre otras obras: “Missionary Travels and Reseaches in South Africa” (Viajes misioneros y estudios en África del sur), en 1857, y “Narrative of an Expedition to the Zambesi and its Tributaries” (Relación de una expedición a la cuenca del Zambeze), en 1865.

El extraño caso del Capitán Burton

EL VIAJE SIN FIN

DE


RICHARD F. BURTON

Un sujeto alto y de aspecto feroz anda por el cementerio de la ciudad india de Surat -sede de la Honorable Compañía de las Indias Orientales- en busca de la tumba de Coryat, un inglés nacido en 1577, que había llegado a pie hasta Asia y tras una visita al Gran Mogol, se quedó a vivir en Surat, como sabio mendigo.

La tumba de Coryat no aparece y el oficial británico de cabeza rapada, llamado Richard Burton, se queda sin cumplir uno de los fines de su vida, localizar las tumbas de los hombres que le han fascinado, sean guerreros o lingüistas sedentarios. Pronto estará en camino de un nuevo destino, voraz con su propia leyenda, grafómano y despótico, escuchando los alaridos de los simios y el tronar de las caracolas que llaman a los fieles a la oración vespertina, de nuevo hacia otro acantonamiento y otra aventura, mientras los graznidos de los pavos reales -así lo describió- se despiden del sol hasta el día siguiente. Así conseguiría descubrir el lago Tanganika y entrar secretamente en La Meca.

Quizá por ser más aventurero que explorador, Richard Francis Burton (1821-1890) es un hombre que continuamente parece estarse reinventando: Oriente fue su mejor encarnación, como luego iba a conocer la gloria africana al pisar el suelo de Harar, la ciudad sagrada del este de África, de donde no había vuelto ningún intruso occidental.

La reedición de El Capitán Richard F. Burton, de Edward Rice, pone de nuevo en escena aquel gran experto en dramatismo, una especie de "diccionario políglota andante" que en el futuro habría de brotar de él como si Richard Francis Burton, por sí solo, fuese la fuente de la protolengua, del lenguaje primordial, aglutinante y dotado de siete casos o inflexiones, según su biógrafo. Otro estudioso de la personalidad de Burton ha dicho que lo extraño es que, aunque tuviera el coraje de un hombre de la era isabelina y una salvaje energía animal, el afán por la catalogación corresponde al estilo victoriano.

El gnosticismo le atraía, frecuentó la práctica islámica y parece ser que acabó más bien entregado a los misterios del sufismo, pero no sin dejar de suponer que la idea de un Dios resulta fuera de lugar. Había visto la piedra negra de La Meca y supuso que era un aerolito. El explorador autócrata odiaba la esclavitud; el héroe victoriano creía en los beneficios de la poligamia; tras la vía erótica del täntra, aparece el Burton sufí.

En conjunto, sus contemporáneos le odiaron bastante. Es de suponer que su gran cinismo le libró de recibir más ofensas. Pasada ya la juventud, casarse con la bella y católica Isabel Arundell fue una de sus más arriesgadas peripecias. Para entonces ya estaba muy cansado y alcohólico. Ocupaba puestos diplomáticos secundarios, como Fernando Poo y Trieste, donde muere.

Según Rice, no parece cierto que su cadáver regresara a Inglaterra en el embalaje de un piano. Al envejecer había ido adquiriendo una mirada siniestra. Su esposa organiza la quema de los diarios, papeles secretos y parte de sus versiones de Cátulo.

Luego perpetra una biografía que una sobrina pretenderá compensar con una memoria de pocas páginas pero de mayor grosor apologético. Al poco aparecerán una multitud de biógrafos, hasta culminar en la plaga de estirpe freudiana. Quedan más de cuarenta obras del propio Burton. Mi peregrinación a La Meca y Medina y Primeros pasos en el este de África -sobre la ciudad prohibida de Harar- tuvieron aquí la difusión merecida gracias a Alberto Cardín, en los años ochenta.

Lingüista, explorador, agente secreto, antropólogo avant la lettre, además de soldado y poeta, Burton arrastra una leyenda de satanismo y bestialidad sexual que no compensa del todo sus esfuerzos por traducir obras eróticas como Kamasutra, El jardín perfumado, Ananga Ranga o Las mil y una noches.

De infancia nómada.

Aprende griego y latín prontísimo, bebe alcohol de forma precoz, es un duelista adolescente, como luego aprenderá el arte de encantar serpientes, más de dos docenas de idiomas y el hipnotismo tanto como la ciencia de tener una amante persa. Maestro del disfraz, supo de cetrería y escribió desafortunados informes sobre los burdeles homosexuales de Karachi.

Hubiera sido mucho más respetado en otros siglos, aunque no lo fue siempre su gran modelo Luis de Camoens, de habitual al filo de los altibajos de la consideración pública. Burton fue hasta la vieja Goa, ya en ruinas, donde a su modo revivió la vida de Camoens, como revivirá el exilio del poeta Ovidio cuando sea cónsul en Trieste.

Como T. E. Lawrence, el caso de Richard Burton atrae a los biógrafos con método psicoanalítico, con lo que resulta que lo más importante de sus vidas consistirá en sus rarezas y no en sus proezas. Siendo tantas las rarezas del capitán Burton, no pocas de sus grandezas han quedado a menudo al margen, del mismo modo que la baja estatura de T. E. Lawrence o sus episodios de masoquismo han logrado restar horizonte a su aventura en el desierto. Por eso es importante que biógrafos como Edward Rice aporten su dosis de sentido común y con obras como RichaEl capitán Richard F. Burton sitúen en su debida proporción la opiomanía del personaje y sus aportaciones al conocimiento de la India o del Islam.

Burton entró en Medina y La Meca, exploró las fuentes de Nilo y participó en la "gran partida", cuando los espionajes ruso y británico se enzarzaban por el dominio de Asia y Oriente. Así aparece en Kim, de Kipling, como un espía de gran experiencia, capaz de transformarse disfrazado de derviche o de buhonero.

El pequeño Burton rompe un violín en la cabeza de uno de sus profesores. Véase que no era exactamente un estoico educado en Eton. Tal vez por eso sus biógrafos no se ponen de acuerdo sobre si tuvo o no sangre irlandesa. Luego mantuvo tres predilecciones: escribir, la esgrima y las mujeres. También había querido dedicarse a buscar diamantes y oro en la India. Aunque de orden menor, participó en algunos negocios turbios.

A su manera fue útil al imperio británico y a la humanidad, pero no tuvo éxito con las costumbres victorianas. En realidad importaba más el riesgo y ponerse a escribir inmediatamente después de cada aventura, en lugar de regresar a Londres a recoger las recompensas de la fama. Gracias a eso, cuando ya no queden tierras por explorar, aún tendremos -exacta y sensual- la bella prosa de Richard Francis Burton.

Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia.

En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres -la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la luna (Historia verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlin, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19)-, y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores, además del defecto de no existir, son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central...

Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... La mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldun: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".



La Casida (The Kasidah of Haji Abdu El-Yezdi)
Richard F. BURTON
Versión castellana y prólogo de María Condor
Ilustraciones de John Kettelwell
Edición bilingüe
312 Páginas
P.V.P.: 1.800 Ptas.
ISBN: 84-7517-607-0