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viernes, 31 de julio de 2009

Yasunari Kawabata

Estados carenciales de Yasunari Kabawata
Belaqva reedita

'Primera nieve del monte Fuji'

del escritor japonés


Álvaro Cortina Madrid

Como Mishima, Yasunari Kabawata (1899- 1972) se identifica con las sutilezas, con lo sensitivo, la levedad hecha literatura, la brillante precisión de un momento. Los nueve cuentos de 'Primera nieve en el monte Fuji', que Belaqva ha reeditado en versión de bolsillo, ofrecen una autoantología que el Nobel de 1968 reunió para (un suponer) ofrecer un resumen cabal de sus astucias de madurez.Se trata de una visión del mundo perfectamente asociable a un momento y a una derrota.

La posguerra nipona.

Los fuegos americanos ya habían demacrado el jardincillo zen del Imperio de Hirohito. Tokio se asoma por las narraciones en la lejanía.Es una visión traumática de ladrillos hechos guacamole y desorientación general. Los personajes de Kawabata guardan un trauma o una tristeza en su memoria de Tokio, y eso alimenta algunas perplejidades en la vista atrás. Muchos de estos relatos se recrean en un Japón de provincias, con cerezos en flor.

'En aquel país. En este país' se habla de una infidelidad y de un extraño requiebro anímico. El vecino tentador y el furtivismo en la domesticidad conyugal. Los giros inesperados (para el personaje y para el lector) conforman la corriente natural de la historia. El pasado y las carencias que siembra constituyen a los personajes de Kabawata. Hay mucha soledad.El cuento titular del conjunto, 'Primera nieve en el monte Fuji' es, títulos aparte, el cuento más central. Tokio en llamas, dos amantes que se despiden, un hijo perdido y un reencuentro. Y las nieves del monte Fuji desde un tren.

Y diálogos de un hombre y una mujer en un balneario, años después de la guerra, después de los muertos. Después de todo.Lo dice el coro en la obra de teatro que también se incluye ('Las muchachas del bote'): "Lo que una vez florece debe marchitarse/ nos encontramos para despedirnos".

'Primera nieve...' es un cuento y una despedida. Por su parte, 'Las muchachas del bote' cuenta, acto a acto, peldaño a peldaño, la historia de una decadencia y de una pérdida. O sea, otra despedida.Cuenta Jiro, protagonista de 'Primera nieve...', cuando habla de una estancia inspiradora en un templo budista: "El pecho se me estremecía cuando el maestro gritaba 'yo o ho' o cuando resonaba el tambor. Además de tener el corazón destrozado, estaba mal alimentado. Me sentía débil. Me parecía extraño escuchar el golpe de un tambor y el sonido de una flauta en medio de una guerra que estábamos perdiendo".


La guerra perdidaLa guerra perdida es sin duda un eco recurrente. Uno de unos pocos. En 'Con naturalidad', otro relato de balneario, esta vez frente al mar y no frente a las nieves, un actor relata su vida al narrador. Para evitar la milicia habla de su tiempo de Tokio, travestido en una mujer, viviendo otra identidad. La identidad se plasma como una cosa disociada del pasado y del futuro. Un ente perdido que se rige por condicionamientos y absurdos. Parece ser que se hace raro vivir con la identidad pegada al cuerpo todo el día.Por ejemplo, en el relato 'Un pueblo llamado Yumiura' esto se pone de manifiesto. Un escritor recibe a una mujer que le habla de un pasado que él no recuerda.

Ella le habla de un idilio entre los dos (en Yumiura, no podía ser de otro modo). Como si fuese sacada de un cuento de Chéjov, o de Zweig, estuvo siempre recordando aquel incidente. Su vida giró en torno a eso. Sus hijos conocían aquello.

Sin saberlo, Kozumi Shozuke (el escritor) había protagonizado una vida. Después mira en el mapa y no encuentra nada de Yumiura. Misterio.El misterio y la soledad son un gran sustrato con el que levantar estampas absurdas. Como absurdo es Akifusa, el veterano novelista de 'Sin palabras': "Además de que no volverá a escribir novelas, no volverá siquiera a escribir una palabra suelta". Ni siquiera habla.

Como aquella cantante de 'Persona', de Bergman, que deja volar la voz, sin previo aviso.Se percibe en 'Primera nueve en el monte Fuji' una fijación por los estados carenciales. Esos personajes en leve zozobra y ese trazo tenue hicieron de Kawabata y de Mishima, maestro y émulo, ambos suicidas cumbres atormentadas (y un poco siniestras) del Japón convulso y equívoco del siglo XX.

Kamikazes de una cultura exótica y cercana a un tiempo.

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