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viernes, 18 de septiembre de 2009

PALABRAS MAYORES

Darles con un caño a las niñas

Ya se vende una muñeca que baila pole dance. Los efectos de la cultura Tinelli en donde Pampita se vistió de colegiala mientras se desvestía en el caño muestran cómo el mercado infla una infancia súper erotizada. Mientras el derecho al tobogán resiste en las nenas que piden jugar.



Por Luciana Peker

“¡Qué bombón!”, le dicen a Uma, de tres años. Y ella contesta, ofendida: “¡Qué bombona!”. El feminismo real, el que se sale del bla bla, incluso de las páginas de los diarios, de las academias y de los manuales, es el que nace con nenas que incorporan la A no solamente como parte de su identidad, también de su alegría.

Uma se define como una bombona –que no es lo mismo a un bombón y no porque haya escuchado a la ministra de Igualdad española Bibiana Aído, que fue tan criticada cuando se dirigió a los miembros y “miembras” del Congreso de su país–, sino porque para ella ser nena es ser nena con A, con un lenguaje que nace con sus gustos, sus gestos, su género.

Uma conoce el caño. Se trepa por la trepadora “como una gatita” usando sus pies y sus manos y sigue la consigna de apretar fuerte los brazos para no caerse. Llega a la cima y decide bajar. Una vez se desliza veloz por el tobogán y esquiva el charco. Y –a la segunda– elige el caño. El que está del otro lado de la trepadora de madera, del tobogán y de las escaleras en donde trepar es juego, instinto y desafío. Uma pide vestirse con “calzas” antes de salir de su casa porque sabe que para las trepadas y bajadas necesita tener cubiertas las piernas, aunque arriba pida un vestido con una muñeca –una de tela y pelo de lana– incorporada.

Es que los deseos de verla bombona, o de algo que se corre –como una travesura o unas ganas irrefrenables– de correrse necesariamente de los estereotipos de género –de no vestir a las niñas con polleras, vestidos y telas que les iluminen más la infancia femenina– tiene que ver con disfrutar la niñez de las niñas, también, sí, también, con las ropas que las visten, las hacen, las cambian, las decoran, las juegan y las vuelven –todavía– más bombonas.

Pero el pedido de Uma –de “calzas”– no es un capricho –no porque no los tenga, quién pudiera peinarla y lavarle los dientes sin tantas vueltas como una calesita ante cada gesto cotidiano que convierte las decisiones de un instante en una persecución de Bond, James, Bond. Su preferencia por las calzas son un pedido de libertad para estirar sus piernas. O envolverlas, por ejemplo, en un caño.

Uma está en la plaza y el tobogán tiene un charco de bienvenida que trajo la lluvia bajo la arena rebasada de agua. Esta vez, esquiva probar la puntita de su zapatilla en la lagunita marrón y mira hacia la espalda del juego. Lo analiza y se anima al caño amarillo. “Agarrate fuerte con las manos, no te sueltes, y envolvé al caño como si lo estuvieras abrazando”, le indican y la atajan por las dudas.

Por las dudas, de nada. Porque Uma baja como por un caño.

Baja y se siente una bombera de su propia aventura. De la osadía de saber que su cuerpo puede envolver desafíos, ir por más y bajar tan rápido como en un tobogán o tan amarrada a su propio equilibrio como en el caño de los juegos. ¿Quién dijo que los caños no son para las niñas? Claro que lo son para las bombonas valientes como Uma, como las Umas, que se calzan pantalones para no rasparse la cola, pero se raspan para subir más alto o amedrentar al vértigo de aprender o arriesgarse.

Para las nenas a las que no las visten con la traba de vestidos que no se pueden ensuciar o de polleras que se pueden levantar o los temores de que es mejor aquietarlas entre muñecas a que se deslicen por nuevos horizontes.

Pero hay otro caño, que les muestra la tele, que les venden las jugueterías, con que las ametralla Internet, que no es para ellas. Porque no es para jugar –y si puede ser un juego sexual no es un juego de niñas sino de mujeres que elijan dar o mostrar para luego recibir o gozar–, sino para exhibirse.

El caño que, primero, mostró Gran Hermano en la televisión argentina –en la camada que hizo famosa a Marianella pasada de gorda sincera a sex symbol– y que después hurtó-homenajeó Marcelo Tinelli haciendo disfrazar a Pampita de colegiala –apenas un poco más grande que una niña– sacándose la pollerita frente a un caño por el que hay que subirse para desnudarse y apoyarse para mostrarse, ese caño no es un buen regalo ni un juego para las nenas, las niñas, las bombonas, las pibas.

Ese caño las quiere atar a mostrarse en vez de azuzarlas a arriesgarse a ser ellas mismas. Las bombonas pueden subirse a unos tacos, devorarse el rojo del rouge entre sus labios o cubrirse de tules de princesa, pero son libres si saben que cualquier disfraz y cualquier laberinto es un juego. No para demostrar, sino para crecer, con tantas y seguras. Con A: de amor y aventura.

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