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viernes, 24 de julio de 2009

La Teoría de la Máscara del Blog Bestiaria

Escrito por Carolina Aguirre

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Hasta hace unos siete años, para mí, Hugh Grant era horrible.

No entendía cómo un actor sin estampa de galán, con cara de quinceañera enfermiza y pinta de metrosexual histérico podía estar al frente de una comedia romántica.

De verlo, Cary Grant se hubiera vuelto a morir, pensaba yo, escandalizada porque el público estaba de acuerdo con que la heroína terminara en brazos de ese alfeñique blancuzco con pecho endeble de mujercita.

Pero una tarde, haciendo zapping en el cable, lo encontré dando una larga entrevista en el Actor´s Studio y —como si me hubiera lavado la cabeza una organización terrorista— pasé del odio al amor en cuestión de minutos.

A la distancia, me cuesta precisar cuál fue el momento en el que me enamoré de Hugh Grant, pero estoy segura de que fue cuando se puso a recitar el poema Beowulf de memoria.

Yo lo había odiado diez largos años, pero esa tarde, cuando descubrí que era inteligente y dueño de un humor agudo y encantador, de repente me empezó a gustar.

Antes de esa entrevista, yo siempre había estado convencida de que Hugh Grant no hacía papeles dramáticos porque era mal actor; ahora me parecía un síntoma de genio que sólo hiciera comedias.

Antes de esa entrevista siempre lo había visto como un debilucho; ahora como un hombre de intelecto sensible que esquivaba la confrontación.

Antes de esa entrevista yo siempre había visto su cara surcada por una sonrisa estúpida; ahora, en sus gestos, descubría gestos altivos de galán inglés. Y no era un acto racional, ni una negociación conmigo misma. Nunca pensé que debería compensar su físico con su inteligencia.

Era magia pura: él no cambió en nada su aspecto físico y yo empecé a ver buenmozo.Lo mismo me pasó con Robert Downey Jr. Hasta hace unos días tampoco entendía qué le veían las mujeres a ese enano con ojos de huevo duro. Ni siquiera era buen tipo; la mitad del tiempo estaba entrando y saliendo de la cárcel por manejar drogado.

Pero la semana pasada, lo descubrí como Larry Paul, un abogado divertido que toca el piano en la cuarta temporada de Ally McBeal, y de nuevo, pasé del desprecio al fervor adolescente en un solo capítulo.

Después de odiarlo por años, lo vi con otros anteojos y una corbata distinta, y sentí como si como si me hubieran quitado un antifaz que me nublaba el buen juicio. Sabrá el azar por qué, pero ese día se corrió un telón imaginario y pude sentir lo que las demás ya habían sentido toda la vida.

Amor, lujuria, fanatismo.

Y no por Larry Paul sino el mismísimo Robert, el de los ojos de huevo duro.De vez en cuando, las mujeres tenemos esta suerte de epifanía amorosa. Después de odiar o de ser indiferentes a un hombre durante diez años, lo vemos en otro entorno o con otra ropa, y de repente, como si se sacara una máscara de la cara, lo empezamos a ver distinto.

No es un proceso.

Es un switch on/off.

Un chispazo. Un telón que se corre. Es como esos juegos de ilusiones ópticas en los que hay que ver figuras adentro de otras figuras: cuando yo no le veía el atractivo a Hugh Grant era como esa gente que se esfuerza pero no logra ver las flores escondidas en un panel de cuadraditos de colores.

Veía el fondo y no la figura. No entendía su potencial ni su encanto; al menos no como lo entendían las demás.En el cine, la escena de la epifanía amorosa es un clásico de la comedia romántica.

La heroína, que hasta ese momento está cerrada al amor, ve al galán jugando con nenes, divirtiéndose con su propia familia, o ayudando en la cocina y descubre algo esencial que antes era invisible.

O para decirlo más simple: de repente lo ve lindo. Y ante la imposibilidad de expresar verbalmente ese hallazgo, la cámara le hace la gauchada de filmar cámara lenta o le ponen música tierna para que el espectador se entere de lo que está sintiendo la actriz.

Alguna vez, para mí, Hugh Grant y Robert Downey Jr fueron horribles.

Hoy, junto a Cary Grant, son dos de mis galanes preferidos. Quizás, como en las comedias románticas, el amor sea cuestión de esperar el momento preciso.

Un poema, un chiste ácido, o una corbata distinta y ahí está: una mirada profunda como un río en donde antes había ojos de huevo duro.

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