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lunes, 14 de septiembre de 2009

Rechazar el discurso mercadista

Por Ricardo Aronskind *

En otras latitudes, los progresistas deberían estar ocupándose en construir una sociedad más equitativa sobre las bases productivas creadas por el desarrollo capitalista. Pero, ¿qué ocurre cuando el sistema de mercado no ha creado bases productivas que permitan garantizar una vida digna e ingresos decorosos para todos los habitantes? En el caso argentino, ser progresista obliga a encarar tanto los temas distributivos como los de la producción.

El centro conceptual que nos permite integrar ambas dimensiones es que son las personas la fuerza productiva decisiva, no las cosas; potenciar el bienestar humano es al mismo tiempo generar mayores capacidades de progreso material y social.

Ser progresista es también rechazar el discurso mercadista, que supedita el destino de pueblos y naciones a los caprichos de las multinacionales y al azar de los casinos financieros globalizados.

Ser progresista es luchar para que el comando de la economía vuelva a estar en manos de la población, o sea, acercarnos a una forma profunda de realizar la democracia.

No se puede ser progresista sin retomar el impulso transformador perdido en las últimas décadas, cuestionando la idea instalada de que mejoras sustanciales en la vida de la población podrán verse –quizás– en las próximas décadas.

Para traducir estas líneas en propuestas concretas, en el terreno de la producción, en Argentina, deberíamos minimizar las posibilidades de ganar dinero fácil mediante el acceso a prebendas, regulaciones o subsidios públicos. Nos referimos al rentismo parasitario que ha asolado el país desde los tiempos de Martínez de Hoz.

Al contrario, deberíamos darle impulso a toda la capacidad de creación e innovación que se desperdicia debido a la ausencia de un empresariado dinámico o de adecuado apoyo estatal.

Ejemplos reales: la profesora de Neuquén que desarrolló junto con sus alumnos un alimento balanceado a base de vegetales de la zona, el joven de Morón que desarrolló un programa informático útil y baratísimo, el mecánico de Tandil que inventó un tipo novedoso de cosechadora de papas, el diseñador industrial emigrado que crea elegantes objetos de cocina para una empresa italiana...

Talentos que no encontraron eco en nuestra estructura productiva y que podrían generar miles de puestos de trabajo interesantes y calificados.

Este cambio en el sistema de premios y castigos permitiría mejorar el perfil productivo y la capacidad de retener riqueza en el interior de nuestra economía.

En el terreno de la distribución también hay mejoras concretas al alcance de la mano.

En el Plan Fénix (UBA) se ha realizado un estudio que indica que con el 0,9 por ciento del PBI se podría eliminar la indigencia y avanzar en reducir la pobreza. Cálculos adicionales permiten estimar que con poco más del 2 por ciento estaríamos en condiciones de garantizar que toda la población esté arriba de la línea de pobreza. Son relativamente pocos recursos, para un logro gigantesco. Recursos menores que la evasión impositiva actual.

Un Plan de Reconstrucción Social, para modificar la situación de más de un millón de niños y jóvenes que no trabajan ni estudian, sacándolos del pozo económico-social-cultural en el que se encuentran, implicaría la movilización de miles de profesionales calificados de los que disponemos.

¿Cuánto vale, en términos del futuro de nuestra sociedad, invertir en esto?

Vivienda: ¿Por qué resignarse a convivir indefinidamente con las viviendas precarias y todos los males que conllevan?

¿Por qué no establecer un programa de reemplazarlas por viviendas decentes en cuatro años aprovechando el saber acumulado en las universidades públicas y en diversas entidades que han construido viviendas dignas y de bajo costo?


Es indudable que el liderazgo para encarar estas soluciones debe asumirlo el sector público. Estamos hablando de un instrumento que hoy no tenemos: un Estado inteligente, autónomo, capaz de intervenir eficazmente.

Un Estado dotado de recursos para impulsar el desarrollo y proveer de un horizonte macroeconómico previsible al país. No hay magia: la forma de contar con un Estado eficiente es fortalecer las estructuras y capacidades públicas para analizar, planificar, evaluar y aprender.

Y hacer cumplir la ley.

Ese Estado sí podrá lograr ciertas metas centrales: garantizar el control nacional de los recursos estratégicos, provocar una sinergia entre las políticas públicas y el sistema científico y tecnológico, impulsar una economía diversificada que recupere el talento local, cerrar las oportunidades de ganar rentas a costa del bolsillo de la población, cobrar impuestos como corresponde y destinarlos a cerrar la brecha social y tecnológica.

Si el progresismo evita la trampa de asumirse como el rostro humano del neoliberalismo, tendrá por delante una agenda repleta de estimulantes desafíos y contará con un discurso desde el cual volver a entusiasmar a quienes debería destinar su mensaje.

* Economista UNGS-UBA.

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