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domingo, 5 de julio de 2009

Los violadores de las menonitas eran menonitas.

Mi noche con el menonita violador

Efe "La noche que pasé con el menonita violador"

Jacob W. fue detenido por la violación de 100 mujeres de su comunidad

Mercedes Ibaibarriaga
Actualizado domingo 05/07/2009 18:17 horas

La silueta de aquel hombre que repasaba cuentas en plena oscuridad, significaba la esperanza de poder pasar la noche al abrigo de algún techo. El sol había caído hace rato, y yo caminaba por un mundo sin hoteles, sin coches, sin luz en las calles, sin Internet. Realizaba una serie de reportajes sobre las colonias menonitas del sur de Bolivia —las mismas que esta semana se han visto envueltas en un escándalo de violación masiva—. Eso significa que, en teoría, me encontraba en algún punto entre los siglos XVI y XIX, cuando los seguidores del líder reformista anabaptista holandés Menno Simmons (1496- 1561) organizaron su profesión de fe: vida atada al trabajo de sol a sol en el campo, nada de diversiones, nada de lujos.


Para llevar la vida que ellos llaman "incontaminada", dieron la espalda al ritmo del mundo. Formaron comunidades pacifistas alejadas de la modernidad y se repartieron por el planeta. En Bolivia, en la región de Santa Cruz, más de 56.000 menonitas de raíz alemana fundaron 54 colonias, entre ellas la de Manitoba, donde la noche me había atrapado antes de que pudiera llegar al galpón de la granja donde solía dormir. Mi oportunidad consistía en que por algún camino apareciera el único vehículo permitido en este universo: un buggie, el carromato tirado por caballos que usan los colonos. Pero era demasiado tarde.
Encontrar a aquel menonita que todavía estaba anotando cálculos en sus libretas ayudado por una linterna, fue una suerte. O eso creía yo.
Porque después de una noche de insomnio en su casa, su rostro me ha perseguido durante meses hasta que, hace dos semanas, lo encontré tras las rejas de una comisaría.
El vídeo de su detención, junto a la de otros siete menonitas, ha dado la vuelta al planeta. Jacob W, de 41 años, está acusado de participar en la violación masiva de más de 100 mujeres de su colonia, junto a sus vecinos. En la lista de víctimas hay niñas, adolescentes, mujeres casadas. Las edades van desde los 13 a los 65 años. Hay casos terribles, como el de una mujer embarazada violada repetidas veces por su hermano, cuyo bebé nació prematuramente y pesó un kilo 300 gramos. El nombre del hermano acusado de agredir a esa mujer no era otro sino el de Jacob W.
Cuando entré a su casa, agradeciendo la invitación a cenar, sentí que algo no encajaba. Jacob me miraba de una manera descarada. Me ponía nerviosa que no me quitara la vista de encima. Su mujer, envejecida para su edad, callaba. Lo atribuí a la timidez con que las menonitas se comportan con los extraños. No hablaba castellano, sino un antiguo dialecto alemán, el Plattdeutsch -sajón bajo- con el que no podía comunicarse con nadie que no fuera de su colonia. A su marido eso le parecía bien. La mayoría de los menonitas consideran que las mujeres no tienen por qué comunicarse con extraños. "Las mujeres no necesitan aprender castellano, ellas pasan su vida ocupadas en la casa y son felices así. En cambio, nosotros salimos a trabajar".
Tras la cena
Después de la cena, en un aparte, Jacob le preguntó al fotógrafo que me acompañaba, Jordi Busqué, cómo podría hacer para pasar la noche conmigo. Alarmado, Busqué zanjó la cuestión comentando que yo era "muy religiosa", creyendo que este era el idioma que entendía. El menonita insistió varias veces y Jordi cambió de tema.
'Jacob preguntó al fotógrafo cómo podía acostarse conmigo. El menonita eligió su mejor colchón para mí'
Me instalaron en el salón-comedor de la casa. El ambiente era asfixiante. Calor húmedo tropical y el calor de la antigua cocina de leña, recién usada. Hubiera preferido dormir fuera, como Jordi, en el jardín. Pero Jacob se negó en rotundo. Había elegido su mejor colchón para mí. Oía el ruido de la rudimentaria ducha, un balde de agua colgado con un pequeño grifo. Aquel cuarto no tenía puerta, sino una tela colgada. Esperaba que Jacob saliera vestido, porque es impensable que un menonita no lo haga. Pero el presunto violador en serie, hoy en prisión preventiva, apareció tranquilamente en el salón en calzoncillos, dando un pequeño paseo. Al fin entró en su dormitorio, donde descansaban ya su mujer y sus dos hijas de 4 y 5 años, y comenzó la pesadilla.
A las dos horas me despertó el lloriqueo y el "no!!! no! no! no!" de una vocecita infantil. Ruido de pasos, de muelles, más lloriqueo infantil, susurros de su mujer que no entendía, y los gemidos de placer de Jacob. Pensé en entrar a la habitación, para comprobar que no les estaba ocurriendo nada a las niñas. No lo hice. Preferí pensar que Jacob estaba con su mujer, y que la niña gemía porque no la dejaban dormir. Lo cierto es que tenía miedo de que Jacob, malentendiendo mi entrada a la habitación, me agrediera.
A la mañana siguiente, la cara de una de las pequeñas no dejaba duda de que no había dormido. Ojerosa, muy seria, triste. La otra parecía estar bien. Su mujer, impenetrable, esquivaba mis miradas. Durante meses, me he preguntado por qué no dejé caer mi sospecha a la autoridad máxima de Manitoba: el obispo de la colonia. Pero en este mundo arcano y machista, sin tener yo una sola prueba, me parecía inútil.
El viernes localicé a Jacob: 'Tienes que hacerme una visita cuando vuelvas a Bolivia. Ya estaré libre'
Ahora Jacob W. está entre rejas. Se ha sabido que él se encargaba de repartir, entre los detenidos, potentes aerosoles somníferos, preparados para adormecer a sus víctimas y violarlas en la misma cama donde descansaban sus maridos, también inconscientes.
Jacob conseguía los productos de otro menonita, veterinario, que vive en una colonia vecina. El fiscal estatal que instruye el caso, Freddy Gómez, dijo a CRÓNICA que Jacob W. "es el único que se atrevió a violar a una mujer a la que no había drogado: su hermana embarazada. Primero la violó él solo, delante de dos de sus cómplices. A los pocos días regresó con otros tres de los imputados, y la violó de nuevo. Le amenazó con matar a su marido, si decía algo".
Pude ponerme en contacto telefónico con Jacob, recluido en la comisaría de Cotoca, a 20 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra. Se acordaba de Jordi y de mí. Reaccionó como si no pasara nada: "¿Cómo estás? ¿Qué tal te va? Yo con esta confusión... pero soy inocente y todo se va a solucionar. Tienes que venir a hacerme otra visita a Bolivia, cuando vengas ya estaré libre. ¿Mi hermana? Yo tengo muchas hermanas, no se por qué me lo preguntas, yo soy un hombre de bien".

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