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miércoles, 8 de julio de 2009

Novela autobigráfica y ensayo sobre cine.Por José Trueba

6 de julio de 2009.-

'Cineclub' es una novela bastante curiosa.

La ha escrito David Gilmour y es una mezcla de novela autobiográfíca y ensayo sobre cine. Otra historia sobre un padre y un hijo; en este caso la historia del propio David Gilmour y su hijo Jesse, un estudiante pésimo que no quiere seguir yendo al instituto. El padre, en un arranque de condescendencia hippie y no sin ciertos ataques de culpabilidad posterior, le propone un pacto al hijo: puede no volver al intituto y quedarse en casa sin trabajar, a cambio de que no se drogue y de que vea tres películas a la semana con él, películas que el propio Gilmour se encargará de escoger personalmente.

La primera película que le pone es 'Los cuatrocientos golpes' de Truffaut. Y ante el plano final de la mirada congelada de Jean-Pierre Léaud, Gilmour le pregunta a su hijo: "¿Por qué crees que tiene esa expresión tan curiosa en la cara? (...) "Analiza su situación. Ha escapado del reformatorio y de su familia; es libre". "A lo mejor está preocupado por lo que va a hacer ahora", responde el hijo. "¿Ves algo en común entre su situación y la tuya?"

Después le pone 'Instinto básico' de Paul Verhoven, con el famoso cruce de piernas de Sharon Stone, y padre e hijo coinciden en que se trata de una gran película. Me gusta que la reivindiquen porque su contenido erótico eclipsó otras virtudes en el día de su estreno, y cada vez me encuentro con más gente que coincide en apreciar lo entretenida que es y lo bien rodada e interpretada que está, además de que se echan de menos películas americanas con ese punto de sordidez.

El padre hace breves introducciones de las películas antes de ponérselas al hijo, y va demostrando una perspicacia cada vez mayor en apenas cuatro o cinco frases. Después de 'Delitos y faltas' de Woody Allen, reflexiona: "Hoy en día las películas de Woody Allen desprenden una sensación de apresuramiento, como si intentara acabarlas y quitárselas de encima para hacer otra cosa.

Esa otra cosa, por desgracia, es otra película. Es una espiral descendente. Aún así, después de haber rodado más de treinta películas, tal vez ya haya realizado la obra de su vida; tal vez tenga derecho a trabajar a la velocidad que le apetezca de ahora en adelante. Sin embargo, hubo una época en que estrenaba una maravilla detrás de otra. 'Delitos y faltas' es una película que muchas personas han visto en alguna ocasión, pero, como ocurre con la lectura de los relatos de Chéjov, no captan todo su potencial la primera vez. Siempre he pensado que es una película que permite apreciar la visión de Woody Allen del mundo: un lugar en el que personas como tus vecinos pueden cometer asesinatos y absurdas equivocaciones y acabar con novias estupendas".

Al principio elige películas de calidad indiscutible: 'La Dolce Vita', 'El padrino', 'Dos hombres y un destino', 'El último tango en París', 'Ran', 'La semilla del diablo', 'Annie Hall', 'Con faldas y a lo loco', 'Psicosis', 'Casablanca', 'Qué bello es vivir', 'La ley del silencio', 'Pulp Fiction', 'El soplo al corazón'... Pero disfruto más cuando empiezan a elaborar una lista de placeres inconfesables: 'Rocky III', 'Nikita' o 'Pretty Woman', cuya definición me parece exacta: "Una película que no tiene un sólo momento creíble, pero que constituye un relato de una efectividad desarmante, en la que una escena agradable desemboca en la siguiente, y de la que es muy difícil apartarse una vez te tiene bajo su estúpido hechizo".

Y me divierte cómo reivindica el placer de volver a ver 'Showgirls' a pesar de que es "una auténtica basura que te da vergüenza que la gente encuentre en tu casa".

Gilmour no entiende cómo su hijo no aprecia algunas de las películas que más le marcaron a él cuando era joven; pero algunas de esas películas también le decepcionan después de muchos años sin verlas. Otras, en cambio, siguen emocionándole como la primera vez, y crean un vínculo instantáneo con su hijo.

Me gusta su apreciación del cine como máquina capaz de generar imágenes que perduran en la memoria. Pensé en lo que decía Azcona de que el cine es imbatible en lo superficial. Y releyendo la frase de Howard Hawks en la que aseguraba que una buena película se compone de tres escenas buenas y ninguna mala, me acordé de lo que escribió Víctor Iriarte de que bastan tres segundos para tener una película.

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