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sábado, 18 de julio de 2009

Al rescate de los jóvenes lectores


Por Graciela Melgarejo

De la Redacción de LA NACION

Qué raro.

Justo cuando la vida empieza a ponerse más interesante -más confusa y más ambigua, también-, cuando ya se domina más o menos con facilidad el código común (y la lectoescritura, con perdón de la palabra), es el momento elegido para que se produzca una fuga en masa de lectores.

Los mismos chicos que habían disfrutado prácticamente desde la cuna de todo tipo de estímulos en forma de libro (de trapo o de plástico para el momento del baño; de cartón para soportar el "tránsito pesado"; con stickers o con elementos aptos para mayores de 3 años y, por fin, de papel y con grandes ilustraciones coloridas) se descorazonan, se aburren o, peor aún, se avergüenzan de leer más de un libro o dos por año, y temen las burlas de sus pares.

Paradoja de paradojas, hoy que el conocimiento se privilegia como casi la única vía de acceso al mundo "tecnologizado" del futuro (que ya es hoy), los "cabecillas" juveniles abominan de él y lo desprecian.

Es entonces cuando expertos en educación y protagonistas del circuito literario se enzarzan en discusiones no siempre fructíferas acerca de las dificultades en la comprensión de textos por parte de los chicos de más de 8, 9 o 10 años en adelante, de las nuevas habilidades que traen el uso de Internet y las redes sociales y, por fin, del desafío de saber aprovecharlas.

¿Dónde empieza verdaderamente el Triángulo de las Bermudas de los jóvenes lectores? ¿Es la imagen todopoderosa la culpable de que pierdan de vista la gramática, que por contraste resulta poco "placentera"?, ¿o son los ejercicios de los maestros y profesores sobre textos literarios (por ejemplo, analizar en el texto cuáles son las funciones del adjetivo o algo parecido) los que hacen que los jóvenes ya no disfruten de la lectura?

Como siempre, las razones y las respuestas son muchas y variadas, de acuerdo con quién sea el consultado.

El psicoanalista, docente y escritor Eduardo González (autor del libro de relatos Cementerio clandestino y de las novelas El fantasma de Gardel ataca el Abasto, El secreto de Leonardo Da Vinci, La maldición de Moctezuma; coautor con Osvaldo Aguirre de la divertida Graffiti Ninja, y distinguido, entre otros galardones, con el Primer Premio del Concurso de Relatos Policiales "Indio Martín" de Cuba, en 2004) opina que el fenómeno es muy amplio y uno de los principales motivos es "el retiro del cuidado de los adultos hacia los chicos".

La oferta intelectual está atrasada un siglo, para González, y los adultos, que han creado la cultura de consumo, critican a los jóvenes por ser consumidores:
Hoy la adolescencia comienza antes y termina mucho después, y como el marketing les da importancia a los adolescentes sólo como consumidores, la oferta que se les hace es paupérrima: emborracharse y bailar.

Decir que se lee es hablar de un vínculo estable, y todo lo que implique estabilidad está hoy cuestionado. Los adultos de más de 40 años no quieren vínculos adultos y los adolescentes también se avergüenzan de tener una pareja estable, por lo cual se establece una relación perversa entre lo efímero, la soledad y el consumo. Pero siempre quedan los grupos atrincherados entre sus pares; por ejemplo, los lectores fanáticos de Tolkien.

Por supuesto, también hay voces optimistas, como la de un editor de raza, que no tiene miedo a publicar lo que le gusta: Daniel Divinsky, que sacó el año pasado en Ediciones de la Flor El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, con las ilustraciones del gran Crist, muy recomendable para lectores de 18 años en adelante, y cuya edición de Los libros de Alicia, de Lewis Carroll (con traducción anotada de Eduardo Stillman y prólogo de Jorge Luis Borges), ya va por la quinta reimpresión.

Yo creo que si estamos en la cultura de la imagen, la captación de lectores jóvenes debe darse por la historieta y la novela gráfica, aunque las colecciones de antes, con Salgari y Julio Verne, se siguen vendiendo.

Y también está la lectura en pantalla, de la cual no hay cifras porque es muy difícil de mensurar. Además, hace diez años era difícil que un autor que no hubiera aparecido en un diario o en una revista fuese más o menos conocido; en cambio, hoy, un autor (como Liniers) es conocido por su blog y por su página Web.

Y no deberíamos dejar a un lado la influencia de lo que me gusta llamar la lectura clandestina, es decir, la que se recomienda sin querer desde alguna telenovela, como ocurrió alguna vez en Rolando Rivas taxista, cuando su autor, Alberto Migré, hacía agotar ediciones sólo por haber nombrado alguna obra en particular

También está en esa tesitura Carlos Silveyra, presidente de la Asociación del Libro Infantil y Juvenil de la Argentina (Alija). Maestro, profesor en ciencias de la educación y un experto de larguísima trayectoria como escritor, editor y asesor de literatura para chicos y adolescentes, está convencido de que es alrededor del 4to. grado de la escuela primaria cuando se "blanquea" el tema de la lectura:

Históricamente es la gran edad para leer, porque a los 10 años ya hay mayor autonomía. El problema es que no está suficientemente bien instalada la necesidad de ofrecer cosas interesantes a cada chico, como un sujeto diferente, y se cae en el criterio de separar por banda etaria.

Sin embargo, las viejas colecciones de los años 40 a los 60 (Sopena, Billiken, Robin Hood), si bien eran monolíticas (siempre la misma forma de presentación), abrían senderos invisibles: a los varones, las aventuras de Sandokán, Tarzán, Bomba; a las mujeres, los libros de Louise May Alcott, Pollyanna, etcétera. Ahora el marketing atenta contra la diversidad: se piensa en un lector homogéneo, que lee lo mismo que otro.

Pero incluso Harry Potter, cuando se editó por primera vez en una editorial chica, no les fue impuesto a sus lectores, porque ahí hubo una decisión individual y una recomendación de boca en boca, que produjo el boom y el best seller posterior. Y para los que se quejan de las cualidades literarias de J. K. Rowling, hay que aclarar que nuestro amado Emilio Salgari, escritor de folletines, tampoco

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