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sábado, 18 de julio de 2009

Una biografía NO astorizada

Con capítulos que sólo llevan por título un anclaje espacio-temporal –años y nombre de la ciudad donde vivió Piazzolla durante cada período de su vida– esta biografía, efectivamente, constituye un minucioso entretejido de su vida, música y discurso al mismo tiempo que va armando parte del complejísimo rompecabezas que constituyó el escenario histórico-cultural de buena parte del siglo XX de nuestro país, con referencias a libros y películas de la época en las que, según repiten los autores, nunca faltaba un militar ni un sacerdote.

Pero cada vez que la acumulación de datos y reflexiones amaga con desviar la atención del lector, el libro echa mano también a una serie de anécdotas que ventilan la lectura, como por ejemplo las palabras que Gardel le dedicó a Piazzolla durante el set de filmación de El día que me quieras –en la que Astor desempeña un breve papel de diariero–: “Vas a ser algo grande, pibe, te lo digo yo.

Pero el tango lo tocás como un gallego”.

“Por un lado, debido a sus características, la figura de Piazzolla nos exigió meternos con lo que era la Argentina pero, al mismo tiempo, nos ayudó a entender el país, porque para hablar de Piazzolla es imposible limitarte a hablar de música”, comienza Diego Fischerman.

“Es uno de los músicos más importantes del siglo XX y reclama ponerlo en la mayor cantidad posible de coordenadas; analizar cómo dialogaba y cómo no porque es de sus conocimientos conscientes sobre muchas cosas pero también de su indiferencia que surge el proyecto Piazzolla, un proyecto totalmente universal.

Piazzolla expresa y concentra como pocos los anhelos truncos de modernidad cultural de la Argentina: es un tanguero de los años ’40 o ’50 que viajaba a Japón y volvía con 15.000 dólares, lo más parecido a lo que hoy es un rockero: un personaje cosmopolita, que conocía el mundo, que viajaba y había vivido en otros lugares que no eran Argentina.

Para encarar este desafío nos apoyamos en dos columnas: primero el reconocimiento de que nuestra propia educación sentimental está muy ligada a él, y después el tremendo vacío de análisis, libros y biografías que hay en torno de una figura de esa envergadura”, remata Gilbert.

¿A qué atribuyen semejante vacío?

FISCHERMAN:
Bueno, es que lo hay también con respecto a Troilo, la evolución de los estilos en el tango e incluso en torno del rock argentino: no tenés un libro que analice el surgimiento de Almendra, Manal o Los Gatos y, mucho menos, una reflexión más sociológica sobre qué articulaba la polémica Redondos versus Soda Stereo, temas sobre los que, en cualquier lugar del mundo, se hubiera escrito muchísimo.

Acá se escribió mucho sobre El Tango, así, en general, pero no sobre los tangos, como si todo El Tango fuera lo mismo, un poco lo que pasa ahora con el rock y esa cosa ecuménica de la Mega, donde entra todo. Además siempre se habla de identidad nacional y uno se pregunta:

¿Cuál es la identidad nacional, la de Tanturi o la de Salgán?

Porque sonar suenan muy distintos: entonces el que se puso a escribir, ¿se puso a escuchar las orquestas y reparó en que sonaban muy distintas? En la segunda mitad de la década del ’50, cuando Piazzolla empieza con los grupos chicos –primero el octeto, después el quinteto–, estaba la revista Contorno con Sebreli, Masotta, los hermanos Viñas, que hablaba de política, artes plásticas, literatura, cine, pero nunca de música.

GILBERT:
Sí, pasa algo con el tango y con la música en Argentina.

El tropicalismo, por ejemplo, generó en Brasil muchas discusiones entre intelectuales y músicos, acá una polémica entre Charly García y Beatriz Sarlo es imposible desde los dos lados.

Caetano no es fruto de un hecho meramente individual sino de su confluencia con filósofos, músicos, artistas plásticos, poetas concretos, y ese tipo de combustión en Argentina no se dio. Los intelectuales orgánicos argentinos nunca concibieron la música como lo que es: un medio de construcción de subjetividad.

Yo creo que un tipo como Piazzolla te obliga a pensar en todas estas cuestiones y, al mismo tiempo, te permite ir de un lado a otro sin sentir en ningún momento que estás forzando la situación.

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