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miércoles, 15 de julio de 2009

Delincuentes famosos,archivo Siete Dias - 1974-

"LA ULTIMA FUGA" ( entrevista realizada por Alberto Agostinelli pra Revista siete Dias en 1974)

A medida que desovilla su pasado, Villarino parece reflexionar en silencio.

Pese a que relata con fluidez, cada episodio que refiere arranca muecas a su rostro: y ellas resumen una sola cosa, su autorreproche. No muestra orgullo por las aventuras que narra; por el contrario, cada paso que desanda su memoria incentiva una tristeza sorda, desoladora. Ese sentimiento envolvió la descripción de la última etapa de sus andanzas delictivas. Un monólogo tenso y alucinante que fija la acción en junio de 1961.

"Por entonces, yo estaba decidido a cambiar de paisajes: irme a Europa con todo el dinero que tenía: unos 14 millones de pesos. El 13 de junio los rati me hacen una ratonera de la que me logro zafar: escapé mientras me tiraban hasta con los calcetines. Poco después, los diarios decían que me habían rescatado ocho pistoleros: me fui a pulmón, solo. El 14 llego a Montevideo. Allí me encuentro con Varela, Osvaldo y nuestras mujeres. El plan es simple: de allí a Brasil y de Brasil a Europa.

Tengo tres pasaportes encima: uno norteamericano, uno uruguayo, uno argentino. El primero era precioso pero no corría: me buscaban y yo no sé decir más que okey, demasiado poco. El argentino menos. El uruguayo era el mejor: ellos tienen una idiosincrasia parecida a la nuestra, y en cuanto a las mañas del idioma no hay más que saber un par de cosas que yo conocía: hacer cambios al estilo de caldero en lugar de pava, bombero por sifón, refuerzo por sandwich... Pero decido fraguar un nuevo documento uruguayo.

Para eso armo un asuntito. Visito a un tipo que conocía de mentas, un rematador, y me presento como Vicente Bermellone, oficial del SIDE (Servicios de Informaciones del Estado). Le digo que andamos de incógnito tras una célula comunista y que necesito su pasaporte. Ante la duda del hombre, le ofrezco cincuenta mil pesos. Ya no duda. Con el documento me voy a ver a una especialista en falsificaciones, la mejor que había en Uruguay, conocida como La Loba.

Sólo tiene que cambiar la foto (poner la mía) y hacerle esas perforaciones características. Nos encontramos en el Parque de Los Aliados. La mujer trabaja siempre dentro de un auto en movimiento y jamás demora más de quince minutos. Le doy el pasaporte con una faja que oculta la identidad del martillero: trato de evitar que alguien sepa con qué nombre viajaré; simple precaución. Le pido que no saque la faja.

Me responde que así no podrá trabajar, insisto para que no la toque. Ella sube a un auto, yo a otro. Damos vueltas por allí hasta que finalmente se detiene. Me entrega el pasaporte, pero la faja está rota. Le recrimino, pero se justifica."El 27 de junio todo está listo para partir.

Tengo los pasajes; la empresa Aerovías Brasil. Estaba previsto que ese día yo iría a buscar a uno de mis compañeros a un residencial montevideano. Cuando llego, me encuentro con tres rati: uno argentino, otro uruguayo y el último de Interpol. Una perfecta ratonera. Pero los apretamos, les quitamos las armas y nos vamos. Poco después salimos de Carrasco. Yo llevo un arsenal encima: una Parabellum caño corto, una Mallincher, un 38 especial, una Ballester Molina, una Pam recortada y preparada.

Además, una caja de balas para cada arma. Pesaba 130 kilos con toda esa ferretería: mi peso, entonces, era de 80 kilos. Una locura que sólo a un muchacho enfermo y desesperado como estaba yo entonces se le puede ocurrir. El plan era tirar todo al llegar a Brasil."El avión levanta vuelo. Al sobrevolar Río Grande se desata una tormenta feroz que nos obliga a descender en Porto Alegre. Allídebemos esperar tres horas. Cuando calma el temporal, partimos. Al rato sobrevolamos San Pablo y poco después aterrizamos en el aeropuerto de Congonhas. Eran las siete de la tarde.

Cuando entramos en la estación terminal noto un movimiento extraño y sospecho que la mano viene mala. Advierto que un agente de Interpol habla con la azafata, le pregunta algo. Varela es el primero en ser rodeado. El pibe dispara al aire. En ese momento yo tengo dos brasileños enfrente, dos al costado y dos atrás. Corro hacia el único flanco libre, pero me cierra el paso una baranda. Si logro pasar por debajo, me escapo. Intento inclinarme, pero el arsenal que llevo encima me lo impide. Así caigo como un pajarito.

"En tanto, Osvaldo logra saltar una mampara de vidrio, cae en un hall lleno de gente y dispara el aire. Se arma un revuelo tremendo y, en el lío, desaparece. Varela, por su parte, se escapa por la pista, disparando contra los reflectores de los jeeps policiales. Su puntería deja a los rati sin luz, pero no hiere a nadie. Llega al final de la pista y allí encuentra su salida: una favela. Penetra en ella, luego pasa a otra. Trascurre la noche escondido; al día siguiente se pela, compra un traje de gaucho y toma un ómnibus hacia Rivera, en la frontera uruguaya. Allí consigue un auto y rumbea hacia Montevideo.

Osvaldo, por su parte, logra llegar a Río. El único que pierde soy yo, y pierdo como en la guerra. "La fuga fracasó por una cuestión de horas. Después de haber apretado a los policías en Montevideo se armó una bronca terrible: esas cosas no pasaban allá. Los rati araron todo Montevideo. Cayó La Loba, y ella dio el nombre del rematador. Ese hombre era la punta del ovillo: lo visitaron y le mostraron mi foto. El hombre dijo que me conocía, claro, pero que el de la fotografía no era Villarino sino un agente del SIDE. Bueno, terminó confesando que me había dado su pasaporte.

Ya tenían el nombre con el que había viajado. Sólo tenían que saber hacia dónde."Revisaron las listas de pesajeros de las compañías de aviación y allí saltó la liebre. Sólo tenían que seguir la línea de ese avión. Cuando envían mi radiofoto a San Pablo eran las siete menos veinte. Mi avión aterrizó veinte minutos después. Si no nos hubiera demorado el temporal, habríamos podido legar a Europa: en Brasl, yo cambiaba de pasaporte y de nombre."Lo que vino después fue el infierno. Los agentes brasileños me levaron a la Central de Policía. Allí me dieron parrilla (tortura) a fondo.

Primero utilizaron lo que ellos llaman 'palo de atada', una especie de trapecio. Desnudo, me hicieron sentar con las piernas flexionadas y atadas en los tobillos; los brazos rodeando las piernas y atados en las muñecas. En el hueco que queda entre rodillas y codo pasaron un caño; le ataron sogas en sus dos extremos y me izaron. Así, el cuerpo cae hacia atrás y uno queda mirando el cielo. Bueno, me echaron sal fina en la boca y comenzaron a picanearme. Media hora de sesión.

Luego, de pie, me obligaron a estirar los brazos hacia adelante, con las palmas hacia arriba. De ese modo, me golpearon con un aparato que llaman palmatoria: es una especie de espumadera que, al golpear, no sólo provoca dolores terribles sino que produce una hinchazón inmediata en las manos, lo que impide cerrarlas. Luego, nuevamente el palo de arada... En fin, cuando regresé a la Argentina, en noviembre, todavía tenía insensibles los pies."

Alberto Agostinelli

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