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viernes, 17 de julio de 2009

La tragedia del Kursk, al teatro inglés



El teatro Young Vic sumerge al público en el final del submarino nuclear ruso

WALTER OPPENHEIMER - Londres - 21/06/2009 El Pais España

Nada más traspasar la puerta que separa el bar del Young Vic Theatre -especialmente bullicioso y animado en el luminoso atardecer de un veraniego viernes londinense- de su sala más experimental, la Maria Studio, el espectador se sumerge en un mundo de tinieblas, en un silencio sólo roto por sonidos extraños y tenues.


Los pasillos metálicos de los primeros metros son un perfecto territorio para adaptarse al lugar al que realmente se dirige: las tripas de un submarino nuclear británico rumbo hacia las aguas del mar de Barens en el océano Ártico.

La obra es un relato sobre la vida diaria de un grupo de hombres encerrados.

Allí, en una sala sin platea ni butacas, bajo los hielos del polo Norte, el espectador reconvertido en mudo tripulante se va a confundir entre los actores que dan voz y sentimiento a la vida bajo el mar, con la silenciosa misión de estudiar los movimientos del Kursk, el submarino nuclear ruso de última generación, una joya de la tecnología del siglo XXI que acabará convirtiéndose en silenciosa tumba bajo el mar para sus 118 tripulantes.

La tragedia del Kursk, que el 12 de agosto de 2000 se fue al lecho marino tras sufrir una explosión a bordo, es sólo el trasfondo de esta historia -titulada como la nave rusa- puesta en escena por el grupo Sound & Fury, codirigido por Dan Jones y los hermanos Mark y Tom Espiner, en la que el sonido impera sobre la vista y el diálogo, y que estará en escena hasta el 27 de junio.

No se trata aquí de denunciar los absurdos coletazos de la guerra fría en un mundo a caballo entre dos siglos.

La terquedad de Rusia, que se negó a aceptar ayuda extranjera para intentar rescatar a los marineros que sobrevivieron a la explosión, no es ni siquiera un punto tangencial en la obra.

Tampoco pasa de anécdota la decisión del comandante del submarino británico de no ir al rescate del Kursk porque eso significaría desvelar su propia posición y "desatar la alerta roja" en Londres y en Washington, poniendo al mundo, quizás, al borde de una guerra nuclear.

El guión de Bryony Lavery huye de la denuncia política y esquiva también el voyeurismo: la tragedia del Kursk no se vive desde el Kursk, sino desde un submarino rival desde el que nada se ve, aunque casi todo se oye.

No hay sangre en esta obra porque en realidad es, por encima de todo, un relato sobre la vida cotidiana, la de un grupo de hombres que convive en un espacio muy reducido y en el que los sofisticados equipamientos tecnológicos comparten mundo con las pequeñas amarguras y alegrías de la vida cotidiana.

Por ese submarino, en las profundidades del mar de Barens, desfilan la camaradería y el machismo de la vida militar, las pequeñas bromas de mal gusto entre compañeros, los sueños eróticos del joven Casanova que sólo piensa en su última novia, los tardíos esfuerzos literarios del veterano timonel, los estragos del capitán para conciliar sus delirios de grandeza con su dificultad para afrontar la solitaria responsabilidad de la toma de decisiones.

El escenario refleja ese mundo dual de lo complejo y lo simple.
Los modernísimos equipamientos que permiten convertir al submarino en una nave silenciosa capaz de localizar y espiar al Kursk sin ser detectado, el sonar capaz de distinguir el sonido de los copos de nieve cayendo sobre la superficie marina o los aullidos de las ballenas a kilómetros de distancia, el periscopio que obra el milagro de convertirse en la única ventana de la nave ciega.

Al lado de ese mundo superior convive otro mucho más humano, más terrenal: las literas, los lavabos, las trifulcas en la cantina, los alegres cánticos bajo la ducha, el alivio manual del fogoso marino incontinente, la música a todo trapo que disgusta al comandante, los mensajes de cada mes con las últimas novedades en tierra... También la tragedia tiene dos caras.

En la distancia, oída pero no vivida, está la explosión en el Kursk, el espanto de comprobar que el enemigo reconvertido en camarada se hunde, la convicción sonora de que quedan supervivientes a bordo, la decisión inapelable de que no se va a hacer nada.

El espectador vive esa tragedia a través de la oscuridad y del silencio casi absoluto, sólo roto por el lejano sonido de unas voces en ruso, única pero potente evidencia de la presencia física de los soldados camino de la muerte. Esa distante tragedia del dolor ajeno contrasta con el dolor mucho más próximo que sufre uno de los tripulantes del submarino británico.

El capitán se ve incapaz al principio de comunicarle la desgracia familiar. Prefiere guardar silencio. Sólo la tragedia del Kursk le libera de esa carga. Cuando por fin da cuenta de la mala noticia al marino afectado, los llantos invaden por primera vez el submarino.

Es la tragedia propia, la más próxima, la muerte del bebé de un compañero, lo que de verdad emociona y llena de rabia a la tripulación. Es la vida cotidiana lo que de verdad nos emociona.

Más que la tumba bajo el mar de quienes murieron sabiendo que no podían hacer nada para seguir viviendo.















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