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miércoles, 15 de julio de 2009

Delincuentes famosos,-archivo Siete Dias - 1974- Jorge Villarino entrevistado por Alberto Agostinelli

Delincuentes famosos - Jorge Villarino


Ocupa, junto con otros cinco reclusos, el pabellón asignado a quienes atraviesan la Fase de Confianza.

Es decir, a quienes han demostrado no necesitar de rejas para cumplir su condena.Y el pabellón tiene sus ventajas: una espaciosa sala, con cortinas y rústicas arañas de madera, alberga doce camas. En uno de sus extremos se abre un pequeño hall, con mesas, sillas, estufa-hogar y un televisor. Allí gastan sus ratos libres los seis internos. Un baño y una cocina completan las comodidades del lugar.

Ese fue el escenario en el que, durante cuatro horas, se hilvanó la charla con Villarino. Una experiencia que permitió rescatar los momentos más significativos de su vida, los episodios más dramáticos de su carrera delictiva y su posterior, definitivo alejamiento del hampa.Tiene 43 años, pero aparenta 35.

Un metro setenta, pelo corto y oscuro, movedizo, simpático, con pinta de boxeador. Siete Días lo sorprende leyendo La bella durmiente, de Ross MacDonald.

Deja el libro sobre la cama y, de un salto, vuelve a la realidad. Está mucho más delgado que en su época de "apogeo", allá por 1960, cuando su popularidad campeaba en la crónica roja local.

Prende un cigarrillo, convida, sonríe: "Es la primera vez que me hacen un reportaje a voluntad —confiesa—. Los anteriores fueron todos forzados, declaraciones que me sacaban en el Departamento de Policía".Sus compañeros de pabellón miran con curiosidad; la circunstancia no es común y parece gustarles.

Uno de ellos ofrece café, otro pregunta si el volumen del televisor obstaculiza la charla. Todos quieren participar pero al rato comprenden que la conversación será íntima, sólo entre dos personas.Son las cuatro de la tarde pero la luz natural que llegaba de algún lugar se ha ido desvaneciendo: afuera llueve, y a través de las gruesas paredes de la sala se filtra el ruido callejero de la avenida Caseros.

Llega el café, humeante, propicio. La conversación se impone sola. Villariño es el primero en preguntar: "¿Cómo está Buenos Aires?" No espera respuesta. Con sonrisa resignada recuerda la última vez que vio la ciudad: "Fue cuando me trajeron del Chaco —precisa—, pero desde el avión sólo alcancé a bichar la cancha de River".

Refiere las cosas que hará cuando recobre la libertad: es una catarata de deseos, ansiedades, alegría. .. Pero ése es el final de la historia. Él comprende y acepta gustoso desandar el camino, releer el primer capítulo de un drama que comienza en San Telmo, un 18 de julio de 1931.

"Nací ese día, en la calle Victoria, atrás del Cabildo, y al poco tiempo nos mudamos a la cortada San Lorenzo, entre Defensa y Chile. Eramos tres varones, tres mujeres, los dos viejos ... Una familia tipo... tipo regimiento, digamos. Estudiaba a la mañana, pero la tarde era mía, toda mía. Y la tarde era la calle y fue demasiada calle para un pibe: un rato en el río, otro en el puerto... Mi viejo tenía un puestito en el mercado.

Yo me levantaba a las 4 de la mañana para ayudarlo a llevar los cajones. A cincuenta metros de casa estaba el Conventillo de la Paloma (así le decían). Un mamotreto con más de doscientas piezas, tres pisos con un patio cada uno, cerca de quinientos pibes ... ¿Se palpita qué ambiente era, no? Bueno, con ellos me pasaba el día. Era la época de la guerra y había hambre... entre las familias pobres, se entiende.

Y, claro, los que más hambre tenían salían a pescar lo que viniera. Y yo con ellos. Así me fui haciendo un poquito atorrante. Un día piantàbamos fruta de un mercado; otro, un cacho de banana en el puerto. Y si hacía frío, también nos traíamos una bolsa de carbón. Se afanaba lo que se podía.

—¿Trabajó alguna vez?

—A los diez años ya estaba en una tornería. Seis meses después de entrar ya era medio oficial cepillador mecánico. Era un chico habilidoso. Pero me las tomé: mi patrón, un húngaro de pocas pulgas, era un explotador. Me pagaba 25 centavos la hora y, en ese lapso, yo le hacía piezas que él vendía a 700 mangos cada una.

Por lo que ve, también era un chico observador. Más tarde laburé con un lechero, gallego él, que me daba 12 pesos por mes y dos litros de leche por día. Pero a mí me gustaban los fierros, la mecánica. Desgraciadamente, tenía una contra brutal.

—¿Cuál?

—La de mi viejo: no quería lola con los mecánicos. Decía que si entraba en ese oficio jamás me sacaría la grasa de encima. "¿Y con eso, qué?", decía yo: me encantaba andar engrasado. No le hice caso y me metí en un taller. Recién al año y medio mi viejo se escurrió... es decir, se dio cuenta de que no trabajaba más en la tornería.
Bueno, ese día cobré como en un banco, más que en el Nación.

Villarino se interrumpe para susurrar innecesaria disculpa:
"Con todos estos años de prisión el lunfardo se pega como abrojo. Aunque uno no quiera, lo termina hablando. Hacen falta muchos meses de vida en libertad para sacárselo de encima. Por ahora, es parte de mi lenguaje.
¡A veces tengo cada problema!
Ni mis parientes me entienden.

Días pasados, al concluir una visita, acá en la cárcel, escuché que mi tía le preguntaba a mi tío: ¿Qué estuvo diciendo Jorge? La pobre no había pescado ni jota; y eso que yo me esforcé por utilizar términos corrientes.

Enciende otro cigarrillo y retoma el relato.

—Bueno, como le decía, el viejo era bravísimo. Más adelante, sin que supiera nada, puse un tallercito con un tano vecino. El tipo me dijo que era ingeniero. Y con un ingeniero teníamos que andar al pelete. ¡Flor de chantún resultó! Ingeniero agrónomo debía ser porque el primer coche que desarmamos para arreglarle el radiador quedó hecho un desastre: el capot no cerraba, el motor no arrancaba... El dueño, para colmo gallego, nos quería matar.

Pero el que me mató fue mi viejo. El se creía que yo estaba yugando en una compañía naviera del centro. Cuando se escurrió hizo un desastre. Vea, mi casa tenía un balcón suspendido a seis metros y medio de la vereda. El viejo me encerró en el comedor para darme la biaba. Lo primero que hizo fue tirarme un fierrazo que, créame, partió por la mitad una mesa grande que usábamos cuando venían visitas.

Como no me pegó se me vino encima. Yo le hice un arrebato (movimiento sorpresivo) para el lado del balcón, y agarró para allá; otro arrebato para el lado de la puerta, y se vino para allí. Entonces, salí al bacón, salté los seis metros y me hice humo. Lo vi recién a los seis meses: calculé que era el tiempo necesario para que se le pasara la bronca.—¿Y se le había pasado?—Para nada. No me fajó pero no me daba bola.

Una noche, serían las tres de la mañana más o menos, yo volvía caminando de casa cuando veo una hoguera en la puerta. Me acerqué sin entender naranja y casi me desmayo. ¿Sabe lo que era? ¡Mi ropero! El viejo lo había tirado por el balcón, lo había rociado con nafta y le había prendido fuego.

Me quería morir.

Se quemaron todas mis cosas: catorce pantalones, ocho remeras, un par de pilotos, sobretodos ... Hasta un canuto (dinero escondido) de casi siete lucas. ¿Sabe la guita que era eso entonces?

—¿Y de dónde había sacado tanto?

—Ahí está la cosa. Le estoy hablando del año 1947: yo tenía 16 años y ya había empezado a delinquir. Desde entonces, y durante siete años, el viejo no me volvió a dirigir la palabra.

Se maliciaba algo muy fulero.

Y estaba en lo cierto.

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