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miércoles, 15 de julio de 2009

Dr. House

Un entomólogo de tierras arrasadas

Por: Héctor Pavón Revista Ñ - Clarin -

DR. HOUSE. La apertura de la serie sobre un médico ingenioso y malhumorado.

Podríamos pensar que Gregory House no intenta seducir a nadie, que es injusto, soberbio, burlón, despiadado, cruel..., un mal tipo. En realidad, es bastante de eso; y es verdad, él no busca seducir. Uno sí se conmueve ante cada paciente que puede ser uno mismo cuando se es un poco paranoico y desconfiado del saber médico omnipotente.

Pero sí podemos deducir fácilmente que el Dr. House es talentosísimo como interpretante de signos corporales. Un semiólogo en la guerrilla médica. House (con h de Holmes) sólo tiene un amigo que es Wilson (con w de Watson).

Es el único que busca vestigios humanos en ese detective que termina cada uno de sus días frente al piano o con la guitarra y su frasco de pastillas. Ambos podrían reencarnar un dúo policial, en el que Wilson aclara las ideas de un House abrumado de sí mismo. La dinámica de cada capítulo tiene momentos clave: un diagnóstico primario y equivocado del cual House sacará provecho para descartar una hipótesis.

La investigación del entorno del paciente: los médicos del equipo se convierten en forenses de un hogar vacío, entomólogos de tierras arrasadas. El diálogo con el enfermo y sus familiares cercanos puede ser demoledor: le diagnostica, certeramente, cáncer a alguien que entra por un desmayo; o sida a quien llegó resfriado. No hay eufemismos ni metáforas en su lenguaje. Lo que se sospecha se dictamina.

Y el momento cumbre es el de la iluminación. Una palabra escuchada o dicha al azar sirve para desanudar un tratamiento sin salida y revertir un cuadro sin solución que se ha complicado.

La vicodina es su muleta: se droga para paliar el dolor eterno de su pierna accidentada sobre la que su ex mujer decidió, mientras House estaba inconsciente, hacerle extirpar un músculo. Ese dolor ha moldeado y transformado su humor en ácido, hiriente y provocador. "Cuántos pacientes matarás hasta aceptar que tu pierna es tu problema", le dice Wilson.

House no confía en nadie. Cree que "todos mienten": pacientes, colegas, amigos, él mismo. Es el gran maltratador, y esa es la única gracia que reparte democráticamente. No sólo humilla y ridiculiza a la sacrificada jefa Cuddy, a todos sus médicos, enfermeros, sino también a los ejecutivos de la clínica donde trabaja, a la policía, a los ricos, a los pacientes y familiares que ocultan información, a los pretenciosos.

Este y el momento en que el convaleciente se recupera son los únicos instantes donde House deja de ser el hombre del dolor.

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