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sábado, 18 de julio de 2009

Una biografía NO astorizada

¿Qué importancia tuvo en su carrera la provocación?

FISCHERMAN:
Mucha, para bien y para mal: le sirve y, al mismo tiempo, le granjea enemigos porque estaba peleado con todo el mundo. Una vez Speratti le pregunta si es verdad que se la pasa usando a sus amigos, y él responde: “Los que dicen eso no me conocen, yo tengo amigos de fierro, harían cualquier cosa por mí”. El tipo contesta exactamente al revés y se caen todos los manuales de Amorrortu; lo mismo pasa con las minas de las cuales se enamora, son todas admiradoras de él.

GILBERT:
Yo creo que apenas empieza uno a correr velos y velos de confusiones, de palabras dichas a medias, se da cuenta de que Piazzolla fue muy consciente del efecto de su discurso y también del escándalo.

Le aplicaba el IVA a cada anécdota hasta hacerla irreconocible. Y en algún punto eso mismo le salía mal cuando se ponía a insultar a sus colegas. Si a Piazzolla de verdad lo trataban mal era por su fama de prepotente y patotero. No sé si Piazzolla hoy iría a lo de Rial a decir que no lo comprenden... pero tal vez sí, ¿eh?

FISCHERMAN:
Es probable, porque era un tipo capaz de decirte: “Troilo hace diez años que se imita a sí mismo”, y al hacerlo tenía la valentía que hoy un pibe de 18 años no tiene para salir a decir que Cordera hace muchos años que se imita a sí mismo. Hoy todos se halagan, abundan los homenajes a músicos vivos.

Hay cosas que probablemente sólo se expliquen en términos de personalidad: él aunaba muchas certezas en cuanto a estilo con mucha inseguridad en otras cosas, mezclaba cosmopolitismo con una cosa muy provinciana, en el sentido de que se le acercaba el tercer trompetista de una banda de jazz norteamericana de segunda línea para decirle que conocía su música y el tipo lo contaba como si fuera el gran acontecimiento, siendo él diez veces más importante.

Era patotero pero estaba muy pendiente de lo que decían de él. Hay una anécdota notable que no entró en el libro: él estaba mirando la televisión, esto lo cuenta el nieto, y un cantante ignoto de tango empezó a hablar mal de él porque “el tango es para bailar”.

De repente, la familia se da cuenta de que el viejo no está más en su sillón y aparece, al rato, en la pantalla pegándole una piña al que estaba hablando.

GILBERT:
¿Cuánto hace que los músicos no discuten sobre música? Fijate la pelea entre Charly y Calamaro... ¿por qué discutían ellos?

Hace mucho que está instalado un ecumenismo total: hoy nos vendría muy bien alguien como Piazzolla, alguien que con sofismas y verdades a medias pudiera poner en movimiento, activar algo.

MAN IN BLACK: ENTRE DAVIS Y ELVIS

Hay una discusión que Fischerman y Gilbert repasan con el único objeto de entender el contexto cultural en que se recibió buena parte de la obra de Piazzolla, y que hoy resulta absolutamente obsoleta: la pertenencia o no de su obra al tango. Sin embargo, mucho menos transitada es la relación que Piazzolla tuvo y sigue teniendo con el jazz y con el rock.

“Lo que hace Piazzolla es instalar la vulgata de la música clásica para pararse como músico clásico frente a los tangueros y hablarles desde ese discurso del conservatorio Fracassi, que es el conservatorio de barrio, y sobreactuar esa pertenencia”, dice Gilbert, y Fischerman se apura en dar su propia opinión:
“Para mí no es la voz del conservatorio Fracassi, sino la de quien se formó con maestros particulares, porque él va más allá, reivindica un mundo más cosmopolita.

Y efectivamente, eso pasó con el jazz. Para los músicos de tango sólo existía el jazz comercial: Glenn Miller y las orquestas, Piazzolla escuchaba otro tipo de cosa y hace algo similar a lo que hace Borges e incluso Arlt: tomar una enciclopedia rara, sesgada y convertirla en estética”.

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