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sábado, 18 de julio de 2009

Una biografía NO astorizada

EL MALENTENDIDO DEL MAL ENTENDIDO

Desde la foto que eligieron para la tapa del libro, tomada durante el último concierto de Piazzolla en Buenos Aires, en la que se lo ve de espaldas, no sólo al público sino también a la misma escritura musical, Fischerman y Gilbert concentran su lectura y su escucha sobre Piazzolla desde los equívocos que, según ellos, son el mismísimo motor del arte y, por supuesto, de la carrera de ese hombre que, sin ir más lejos, fue bautizado mediante un error:

Vicente Piazzolla –que luego pasaría a la historia como Nonino– le puso a su hijo un nombre que no existía, un nombre con el que buscaba homenajear a un amigo italiano que, por mero capricho, usaba una abreviatura de su propio nombre, Astor en lugar de Astorre.

Y como si eso fuera poco, el instrumento asociado inexorablemente a Piazzolla, el bandoneón –un instrumento azaroso no sólo en su invención sino también en la manera en que se volvió signo por excelencia del tango– fue comprado por su padre cuando él tenía ocho años en una casa de empeño del Chinatown de Nueva York, el sitio marginal dentro del centro donde Astor vivió durante buena parte de su infancia.

“Además de ser un personaje anfibio entre lo supuestamente alto y lo popular, además de estar siempre a caballo entre el margen y el centro, Piazzolla encarnó toda su vida la contradicción de querer ser inmensamente vanguardista y, a la vez, lo más aceptado posible con ese mismo vanguardismo; quiere todo y se enoja con la gente cuando no lo escuchan”, agrega Fischerman.

“Lo cierto es que nunca le fue mal: cambiaba todo el tiempo de sello discográfico y cada vez le pagaban más dinero: él sobreactúa su adversidad, los otros sobreactúan la mirada de él como el mal y todo se sobreactúa y sobredimensiona en una especie de gran esperpento de tergiversaciones y malentendidos”, completa Gilbert.

Lo notable es que este mismo libro surge también de un malentendido: “Cuando escribí El efecto Beethoven la editorial no quiso poner un editor musical, sólo querían poner un corrector de estilo aunque en el estilo estoy más o menos seguro. Yo necesitaba a alguien que pudiera decirme lo que no estaba claro o si me confundía, por ahí, al poner la palabra ‘escala’, cuestiones que tenían que ver con el lenguaje técnico.

Entonces Abel se ofreció a hacerme de editor informal y ad honorem, y entonces nos quedaron ganas de hacer algo juntos”, recuerda Fischerman.

Y ese encuentro surgido de un malentendido se unió a la necesidad que veían los autores de hacer un libro sobre Piazzolla que se arremangara en el discurso musical, que analizara si lo que él decía con respecto a su música era realmente así o no, que indagara en las formas en que él quería que fuera vista su obra, ya que si de algo hay material es justamente de Piazzolla hablando sobre su música, no sólo en diversas entrevistas sino también en las numerosas notas que redactaba para sus discos, muchas de las cuales lo vuelven casi un crítico musical.

¿Piazzolla era consciente de los malentendidos que generaba?

FISCHERMAN:
Algunos malentendidos son forzados, otros son forzosos y otros, involuntarios. Piazzolla no era bueno con los nombres: decía “escuché un disco”, “estuve con tal músico de jazz” que, por ahí, no existía.

Tenía esas cosas, pero no había ahí una intención de darse aires sino que se olvidaba. Yo creo que los malentendidos son inevitables y, a veces, los creadores juegan con eso, pero yo no sé si Piazzolla era tan consciente: la propia figura de Boulanger (la profesora francesa que, luego de escucharlo ejecutar “Triunfal” al piano, lo interrumpió para sentenciarle “no abandone jamás esto, ésta es su música, aquí está Piazzolla”) es un gran malentendido:

No era la gran maestra prestigiosa en ese momento pero sí la tipa que terminó dándole a él, de forma inesperada, una lección que lo marcó y lo envió hacia donde correspondía aunque sin las características elegíacas que los biógrafos le dieron.

GILBERT:
Sí, también el título apunta a tratar de entender el mal, porque Piazzolla es puesto en el lugar del mal: es el hombre que viene a enterrar al tango, aun cuando el tango en el sentido más pacato ya estaba enterrado solo y, en todo caso, él no era otra cosa que un mensajero de esa muerte.
Ese también es otro gran malentendido.

GILBERT:
Por supuesto, el error de algunos de creer que la música rioplatense había vivido una época de oro de más de tres mil años y que, de repente, alguien lo mata desde afuera, cuando el tango tuvo un proceso de formación muy breve.

Es más, el rock hoy tiene más años de decadencia que el tango y nadie lo dice. La prueba es que para la generación de los ’70, el tipo que se remitía a los ’40 o ’50 era objeto de mofa, y hoy Pedro y Pablo se vuelven a juntar para cantar “Yo vivo en una ciudad”, y ese tema que ya tiene cuarenta años sigue siendo una de las mejores canciones de rock, con lo cual ahí tenés la pauta de que pasó muy poco.

Es un error reclamar una vigencia tan prolongada a un género popular y, en esa época, había muchos debates sin sentido con personajes que parecían vivir en frascos de formol, como las imágenes de La invención de Morel.

Los interlocutores de Piazzolla eran Soldán, Neustadt, porque él, con cierta astucia, evitaba las discusiones reales, él elegía como contendiente a un ignoto cantante de tango como Héctor Varela...

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